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Perdonarse…

Reflexionaba hoy todo el día sobre el perdón. Un día de sol, de esos en los que lo normal es que caminemos o corramos al aire libre, alguien como yo, cansado de los ajetreos diarios, expuesto a una tensión continua, decide reflexionar sobre el perdón.

¿Por qué? Porque siguiendo con los estudios de Un Curso de Milagros leía en este miércoles la que es la lección del día, Lección 121, que lleva por título ‘El perdón es la llave de la felicidad’.
Dejo por aquí parte del texto, que dice:
1. He aquí la respuesta a tu búsqueda de paz. He aquí lo que le dará significado a un mundo que no parece tener sentido. He aquí la senda que conduce a la seguridad en medio de aparentes peligros que parecen acecharte en cada recodo del camino y soca­var todas tus esperanzas de poder hallar alguna vez paz y tran­quilidad. Con esta idea todas tus preguntas quedan contestadas; con esta idea queda asegurado de una vez por todas el fin de la incertidumbre.
2. La mente que no perdona vive atemorizada, y no le da margen al amor para ser lo que es ni para que pueda desplegar sus alas en paz y remontarse por encima de la confusión del mundo. La mente que no perdona está triste, sin esperanzas de poder hallar alivio o liberarse del dolor. Sufre y mora en la aflicción, mero­deando en las tinieblas sin poder ver nada, convencida, no obs­tante, de que el peligro la acecha allí.
3. La mente que no perdona vive atormentada por la duda, con­fundida con respecto a sí misma, así como con respecto a todo lo que ve, atemorizada y airada. La mente que no perdona es débil y presumida, tan temerosa de seguir adelante como de quedarse donde está, de despertar como de irse a dormir. Tiene miedo tam­bién de cada sonido que oye, pero todavía más del silencio; la oscuridad la aterra, mas la proximidad de la luz la aterra todavía más. ¿Qué puede percibir la mente que no perdona sino su pro­pia condenación? ¿Qué puede contemplar sino la prueba de que todos sus pecados son reales?
4. La mente que no perdona no ve errores, sino pecados. Con­templa el mundo con ojos invidentes y da alaridos al ver sus pro­pias proyecciones alzarse para arremeter contra la miserable parodia que es su vida. Desea vivir, sin embargo, anhela estar muerta. Desea el perdón, sin embargo, ha perdido toda espe­ranza. Desea escapar, sin embargo, no puede ni siquiera conce­birlo, pues ve pecado por doquier.
5. La mente que no perdona vive desesperada, sin la menor espe­ranza de que el futuro pueda ofrecerle nada que no sea desespe­ración. Ve sus juicios con respecto al mundo, no obstante, como algo irreversible, sin darse cuenta de que se ha condenado a sí misma a esta desesperación. No cree que pueda cambiar, pues lo que ve da testimonio de que sus juicios son acertados. No pre­gunta, pues cree saber. No cuestiona, convencida de que tiene razón.
6. El perdón es algo que se adquiere. No es algo inherente a la mente, la cual no puede pecar. Del mismo modo en que el pecado es una idea que te enseñaste a ti mismo, así el perdón es algo que tiene que aprender, no de ti mismo, sino del Maestro que repre­senta tu otro Ser. A través de Él aprendes a perdonar al ser que crees haber hecho, y dejas que desaparezca. Así es como le devuelves tu mente en su totalidad a Aquel que es tu Ser y que jamás puede pecar.
7. Cada mente que no perdona te brinda una oportunidad más de enseñarle a la tuya cómo perdonarse a sí misma. Cada una de ellas está esperando a liberarse del infierno a través de ti, y se dirige a ti implorando el Cielo aquí y ahora. No tiene esperan­zas, pero tú te conviertes en su esperanza. Y al convertirte en su esperanza, te vuelves la tuya propia. La mente que no perdona tiene que aprender, mediante tu perdón, que se ha salvado del infierno. Y a medida que enseñes salvación, aprenderás lo que es. Sin embargo, todo cuanto enseñes y todo cuanto aprendas no procederá de ti, sino del Maestro que se te dio para que te mos­trase el camino.
8. Nuestra práctica de hoy consiste en aprender a perdonar. Si estás dispuesto, hoy puedes aprender a aceptar la llave de la feli­cidad y a usarla en beneficio propio. Dedicaremos diez minutos por la mañana y otros diez por la noche a aprender cómo otorgar perdón y también cómo recibirlo.
9. La mente que no perdona no cree que dar y recibir sean lo mismo. Hoy trataremos, no obstante, de aprender que son uno y lo mismo practicando el perdón con alguien a quien consideras un enemigo, así como con alguien a quien consideras un amigo. Y a medida que aprendas a verlos a ambos como uno solo, extenderemos la lección hasta ti y veremos que su escape supone el tuyo.
Y termina…

13. Permite entonces que él te ofrezca la luz que ves en él, y deja que tu “enemigo” y tu amigo se unan para bendecirte con lo que tú les diste. Ahora eres uno con ellos, tal como ellos son uno contigo. Ahora te has perdonado a ti mismo.

Hay tres tipos de perdón. El perdón que se ofrece a quién nos ha hecho daño, el perdón que se pide cuando reconocemos haber hecho daño o el perdón a uno mismo.
De todos ellos creo que el mas difícil es el perdón que se aplica a uno mismo.
Creo que todos, a lo largo de nuestra veda, hemos herido o hecho daño a otros, algunos de manera consciente y otros inconscientemente. a todos, seguro, también, en algún momento de nuestra vida nos han hecho daño, un daño que hemos pensado irreparable.
Perdonar no es un deber, pero el hecho en sí existe. Es un ejercicio de humildad frente al otro. Pedir perdón requiere un sentimiento de culpa, de vergüenza de humildad y humillación frente al otro pero que, para que sea auténtico ha desear posterior al perdón personal que, sin duda, es el más complicado de todos.
Perdonarse uno mismo no es nada fácil. Errar es humano. ¿Quién no ha cometido errores? Pero al igual que hay que aprender a perdonar, también hay que aprender a perdonarse uno mismo.
Nuestras malas decisiones, esas que nos llevan a cometer errores, se van acumulando como puntos negros en el interior de nuestra alma generándonos un peso difícil de soltar.
No es fácil responsabilizarse de nuestras acciones o decisiones. Mucho más difícil es reconocer nuestros errores. A veces esas decisiones conllevan daños a terceros y esos daños son lo que más pueden cargar tu camino.
Perdonarnos de verdad siempre implica un compromiso y necesidad de reparar.
Hay que asumir que se puede fallar. Vivimos en una sociedad exigente y nosotros mismos somos muy exigentes con nosotros. No admitimos el fallo ni de los que nos rodean ni mucho menos de nosotros mismos. Y podemos fallar, podemos fallar a los demás y fallarnos nosotros mismos.
Debemos darnos la oportunidad de ser lo que somos, seres imperfectos.
Es muy complicado perdonarse pero hacerlo nos libera y, por ende, nos permite pedir perdón a los demás y perdonar. El perdón te ayudará a conocerte mejor, y sobre todo a Ser.

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