Valoremos nuestro tiempo…

Comenzaba la semana pensando que nuestro día a día, lo vamos haciendo cada uno de nosotros a través de los momentos que amasamos en nuestro Ser, en nuestro camino. Momentos gratos e ingratos, pero todos construyendo. 

Soy de los que piensan que de todo hay que sacar una lección y algo en positivo, hasta de lo más negativo; cada uno somos como somos y nadie es más que el otro; cada uno utilizamos el instante como creemos debemos hacer, con equivocaciones y aciertos.

Todos somos especiales y por eso, en nuestro caminar, vamos dejando una huella no sólo en el camino que pisamos, sino en todos los que nos rodean de una u otra manera. Por eso, también, lo que hacemos va teniendo sus consecuencias. No vivimos en una burbuja que nos separa o defiende del resto, vivimos globalizados y rodeados, a más o menos distancia, pero siempre la suficiente como para que los demás se den cuenta,  aprecien o no, quienes somos.

Conseguir caminar sin que nos importe lo que piensan los demás de nosotros o de nuestros actos no es algo fácil, pero debemos de intentarlo en nuestro día a día. Por eso es tan importante crecer hacia dentro, individualmente, creando esa fortaleza en nosotros que nos permita superar cualquier barrera u obstáculo que se ponga a nuestro paso pero entendiendo que el resto está ahí sintiéndonos.

Somos valiosos, nuestro Ser lo es y nuestro tiempo también. Si en algo pensamos, o sentimos, estar equivocados, tenemos tiempo de reconducir el camino. Todo se va construyendo poco a poco siendo conscientes de cada instante.

Por eso me obsesiona tanto el tiempo, ser capaces de manejar el tiempo.

Creo que, a lo mejor, mi obsesión es por uno de estos motivos: porque el tiempo es inmanejable o porque el inmanejable soy yo mismo.

Tengo necesidad de tiempo. Últimamente vivo en una extraña sensación, una ansiedad de falta de tiempo. Es como si quisiera hacer más en esas horas de las que disponemos en el día a día. Es una auténtica locura, una alarma constante y sólo la organización y la calma consiguen que cada paso sea el correcto.

Para conseguir lo que queremos debemos ser productivos y para ser productivos debemos organizar nuestro tiempo.

Madrugar: aprovechar el máximo del día.

No trasnochar: tratar de no dormir despues de las 12h.

Dedicar tiempo a los tuyos.

Trabajar.

Escribir.

Hacer ejercicio.

Meditar.

Leer y estudiar.

Pensar.

La capacidad que tengamos de manejar nuestros tiempos, influirá en el resultado de nuestras acciones, no sólo profesionales sino también personales.

¿Cómo?

Disfrutando del presente y asumiendo que cada día que amanece es una oportunidad para aprovechar cada uno de sus minutos.

José Luis Moreno Coach

#liderandoT

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‘Trabaja por y para ti’ por José Luis Moreno Coach

El egoísmo necesario

Tú eres lo primero
Tú eres lo primero

 

Son estos días, de inicio del otoño, aptos, ideales para la reflexión. Tanto que a veces uno reflexiona en demasía lo que debería quedarse como meros pensamientos o divagaciones mentales.

Escudriñas en tu interior y te vienen imágenes, pensamientos sobre el cómo hemos llegado dónde hemos llegado y para qué.

Sin duda los compases de la vida son aquellos que van marcando nuestro destino. El ritmo lo ponemos nosotros: más rápido o más lento, con mayor o menos frecuencia. El destino también.

Llegar a asumir que prácticamente todo en la vida es una equivocación, es lo más difícil con lo que te puedes encontrar cuando crees haber llegado a ese destino. Pero peor sería no llegar a darte nunca cuenta de ello.

No creo en la perfección, tal vez porque sea el más imperfecto de los seres que pisan la tierra; tampoco creo en aquellos que la están buscando contantemente en los demás sin mirarse a sí mismos nunca.

Por qué queremos ser alguien en la vida si posiblemente lo mejor sea no ser nadie.

Krishnamurti decía que «todos queremos ser famosos, pero en el momento en el que queremos ser algo ya no somos libres».

Vivimos en un mundo en el que parece estamos obligados a ser alguien. Incluso nosotros obligamos a los demás a que sean alguien, a ser reconocidos, a que destaquen.

Queremos ser y queremos tener. Si llegamos a ser, seremos reconocidos; si tenemos más que el otro aparentaremos ser más que el otro.

No pensamos nunca que en cualquier momento dejamos de ser y dejamos de tener. Porque nada se tiene por completo ni nadie es por siempre.

Tal vez la felicidad consista, única y exclusivamente, en llegar a ser quién tú quieres ser.

Tu mejor proyecto
siempre serás tú mismo.
Saberte encontrado
por ti.
Haberte vivido
a ti.
Sentirte desde dentro
contigo. Aprender a amarte
a ti.
No buscar fuera
sin haberte buscado
dentro.
Tu proyecto
simplemente tú. Con tus idas y venidas
con tus cosas
y carencias.

Egoístamente tú.

¿Quién no ha pensado alguna vez que va por la vida equivocado? Que su trabajo no le gusta. Que no está a gusto con su pareja. Que debería comer menos, adelgazar, dejar de fumar o beber, hacer más deporte.

Quién no ha pensado que, a cierta edad, no ha hecho del todo bien los deberes.

Estamos inmersos en una comodidad aparente, porque realmente no estamos a gusto. Es como estar sentado en un sillón sin muelles o tumbados en una cama sin colchón.

No queremos dar el paso de cambiar, aunque nos sepamos equivocados, porque siempre hay más peros que… esos posibles resultados.

«Y ahora, a mis años, ¿para qué?», nos decimos constantemente dejándonos llevar.

Y yo digo: «¿Por qué no?»

Una persona de 45/50 años de edad, lo normal es que viva, por estadística, como mínimo otros 35 años más.

Por qué no decidir vivir para ti, sin necesidad de olvidar al resto, esos 20, 30 o 40 años que te queden de la única vida que vivirás. ¿Por qué no vivir hoy como si no hubiera mañana? ¿Qué te lo impide?

Por qué no colocarte ese paracaídas de ilusión y lanzarte a ese vacío que no lo es porque la vida está llena de apasionantes momentos, de esa belleza inmensa y poética que si no quieres ver lo vas a perder.

¿Qué te impide vivir?

¿Tú trabajo? ¿Tu pareja? ¿Tus hijos?

¿Qué podré vivir más si no lo estropeo antes? ¿30 años? Posiblemente, nadie lo sabe.

30 años puede ser menos de lo que uno lleva vivido, pero suficiente como para demostrar que lo hemos hecho bien y dejar ese poso suficiente como para que se note que has pasado por este camino que es la vida.

¿Qué me inspira?
¿Qué tengo y a dónde voy?
¿Cómo voy?
¿Para qué?
¿Qué necesito?
¿Qué vivo y me hace vivir?
¿Cómo siento?
¿Cómo siento?
¿Qué me hace sentir?
¿A dónde vas?
¿Qué precio pagamos por hacer lo que hacemos?

Trabaja para ti. Trabaja por conseguir el equilibrio, la paz, tu espiritualidad, tu vida. Nada ni nadie te lo puede impedir.

¿Sabemos alguien si nuestra vida puede acabar en este preciso instante? Pues no. No sabemos si estas serán mis últimas líneas escritas, si será tu última copa de vino, tu última sonrisa o tus últimos pasos. ¿Por qué no disfrutas cada momento que la vida te regale de más?

Paremos un instante, meditemos y reflexionemos sobre nosotros, sobre nuestras vidas.

La experiencia nos hace llegar mensajes y señales que en la mayoría de los casos no escuchamos.

Vamos tan deprisa que no nos paramos a atender lo urgente y lo importante, lo que nos puede estar indicando si caminamos o no correctamente.

Solo cuando la señal se convierte en una sirena de alarma, entonces es cuando nos preguntamos por qué no hicimos caso antes.

En fin, al final es lo que tiene uno cuando se pone a escribir y no sabe muy bien de qué hacerlo. Termina por indagar en ese más allá de nuestros pensamientos y se da cuenta que, a lo mejor, de vez en cuando, al igual que algunos hablan demasiado, otros escribimos demasiado.

 

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‘El valor de las cosas’ por José Luis Moreno Coach

El liderazgo, algo sobre lo que no dejo de estudiar y escribir, comienza por uno mismo y, más allá, se extiende a cada uno de los ámbitos de nuestra vida ya sea personal como profesional. No es fácil liderar, no es fácil ser un líder, aunque defiendo que todos lo somos, incluso sin saberlo, por ello lo esencial, lo primario, es ser capaces de liderarnos nosotros mismos.

Disfrutando, temprano, de esos kilómetros de ejercicio bajo un sol extraordinariamente poético, sin más que pensar ni  desear que el que las fuerzas me permitiesen alargar los kilómetros y el tiempo, me ha dado por reflexionar sobre el verdadero valor de los momentos, de las cosas. De lo poco que vale lo que verdaderamente importa, de lo poco que valoramos lo que tenemos.

Es posible que los años vayan ajustando tus preferencias, tus deseos. También es posible que, en el camino, se vayan cruzando personas que te hacen respirar de otra manera, que consiguen abrirte los ojos, equilibrarte y hacerte ver que todo no es ser o tener.

¿Qué valor damos a las cosas una vez que las tenemos? Ninguno.

Dedicamos nuestras vidas a acumular cosas que deseamos, normalmente materiales, que al poco tiempo ni siquiera hacemos caso porque queremos tener otras diferentes o mejores.

Así vamos construyendo una vida sobre una constante acumulación de deseos que no sirven para nada, que no nos aportan nada y que nos hacen olvidar aquello que es lo verdaderamente importante y que, por cierto, no tiene valor económico: la construcción de uno mismo desde dentro.

Nos alejamos de la verdad. Nos alejamos de nosotros, nos alejamos de la verdadera riqueza: la riqueza del espíritu.

Parece que vivimos como en un plan preestablecido, en el que todo radica en acumular más y más posesiones, en ser cada vez más y más sin dar valor a nada porque realmente nada nos llega a satisfacer.

Tenemos miedo a la impermanencia. Tenemos miedo a perderlo todo y por eso nos dedicamos a acumularlo sin disfrutar ni vivir. Nos marcharemos y todo quedará, porque esa es la única realidad y verdad. Pero en vez de habernos dedicado a prepararnos en la felicidad de nuestros momentos, nos hemos dedicado a perder el tiempo en la acumulación de aquello que simplemente nos llena el espacio del deseo, pero nunca el interior.

Lo esencial es valorar las cosas y, para ello, si nos damos cuenta, tampoco nos es necesario tanto para encontrar ese efecto que embriaga nuestro alma de felicidad.

Una sonrisa, una mirada, una caricia, un verso, un pequeño cuadro, el aleteo de una mariposa, correr bajo el sol de la mañana, disfrutar del amanecer mientras caminas por el campo.

Estamos de paso por aquí. ¿Por qué perder tanto el tiempo en cosas absurdas? Creemos que todo nos pertenece pero es mentira: sólo el instante presente, el ahora, nos pertenece de verdad.

Somos impermanentes. Hoy estamos, mañana no.

Tendemos a inventarnos problemas cuando no los tenemos. Tendemos a buscar culpables de nuestra infelicidad, a discutirlo todo con el otro por el mero hecho de demostrarnos a nosotros mismos una seguridad ficticia. Nada es seguro. 

Debemos ser capaces de reconocer el valor de nuestra vida, una maravilla que tenemos a nuestro alcance y cada uno tiene que ser capaz de aprender a vivirla de una manera esencialmente virtuosa.

Sé que no es fácil. Ni siquiera lo es para éste que escribe por aquí pero, al menos, reflexiono conmigo mismo, me desahogo en mi cuaderno y consigo ir recomponiendo mis pasos.

Cada vez deseo más la quietud, el silencio, la reflexión.

Cada vez valoro más los pequeños momentos, las sonrisas, las personas que verdaderamente me enriquecen en mi día a día. Es curioso pero, uno que ha conocido de todo, uno que ha estado en lo alto y en lo bajo, entre algodones o rozando el suelo, siempre me he sentido lo mejor entre aquellos que no teniendo nada lo tenían todo, que entre esos que teniéndolo todo les faltaba lo esencial que es la verdad del alma.

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Persigue tus metas…

correr

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‘Los pobres’ por José Luis Moreno Coach

Por un liberalismo de rostro humano que ponga coto a la desigualdad social

Retrato de una persona sin hogar perteneciente a la colección 'Homeless', de Lee Jeffries

Retrato de una persona sin hogar perteneciente a la colección ‘Homeless’, de Lee Jeffries.

Tengo la manía de prestar más atención a las noticias sociales, solidarias y humanas que al resto. Es como si cada día necesitase un impacto para recordarme de dónde vengo y, también, que puedo dar más, que puedo ser más humano y solidario con los que tenemos alrededor.

Desgraciadamente no hace falta rebuscar mucho. Día sí, día también, hay una o varias informaciones que impactan y ponen los pelos de punta. Las noticias sobre esa pobreza extrema que acompaña a muchos españoles prácticamente son diarias.

Parece que hemos superado el frío invierno, que el sol y la calidez llegan a nosotros y perdemos de vista noticias como esas que leíamos en las que, por ejemplo, una anciana de más de 80 años fallecía en un municipio al incendiarse su casa.

Mujeres que viven solas, con la luz cortada y que utilizan velas o lo que pueden para iluminarse o calentarse. Motivo de incendio, motivo más que importante para hacernos pensar.

Lo primero que me viene a la cabeza, con cierta rabia, es que cómo se puede cortar la luz a una persona y, más en concreto, a una persona mayor, porque no tenga dinero para pagarla.

No hace mucho escuchaba, también, que unos hombres que vivían dentro de una furgoneta murieron por inhalar aire contaminado por la estufa que les calentaba en esas noches de frío.

La pobreza existe y no hace falta ir mucho más allá de nuestras fronteras para tocarla. Existe aquí, cerca de cada uno de nosotros, al lado.

Parece que hablar de la pobreza, sobre todo en ciertos momentos, es, para algunos, hacer demagogia. Lo mejor, para la gran mayoría, es mirar hacia otro lado, como siempre.

Más de 13,3 millones de españoles, un 28,6% de la población, se encuentran en riesgo de pobreza y exclusión social y, de ellos, unos tres millones y medio permanecen en una situación severa con unos ingresos que no superan los 4.500 euros al año, unos 330 euros al mes.

España es el tercer país europeo donde más ha aumentado el riesgo de pobreza y exclusión social, después de Grecia y Chipre, con un incremento de 4,8 puntos entre 2008 y 2015. Esto significa que mientras el 23,8% de la población española era vulnerable entonces, el año pasado el 28,6% de los españoles estaban en riesgo de pobreza y exclusión.

Según la encuesta publicada por Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europea, con motivo del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza (17 de octubre), estos datos contrastan con la media registrada en el último año en toda la UE, que recuperó niveles anteriores a la crisis.

Uno de cada cinco españoles, en riesgo de ser pobre energético

¿Qué es un hogar en pobreza energética? Según la ACA, es la incapacidad de un hogar de satisfacer una cantidad mínima de servicios de la energía para sus necesidades básicas, como mantener la vivienda en unas condiciones de climatización adecuadas para la salud (de 18 a 21 grados en invierno y 25 en verano, según los criterios de la Organización Mundial de la Salud). Pero medir esa incapacidad es uno de los retos a los que se enfrenta este fenómeno. No poder pagar los recibos de los suministros básicos solo es una cara más de la pobreza que sufren las familias más afectadas y empobrecidas por la crisis económica.

¿Qué hacemos ante las desgracias de los demás, de nuestros vecinos? Yo tengo la respuesta, yo mismo lo he hecho a veces: mirar hacia otro lado, darnos la vuelta y seguir caminando.

Es cierto que muchos de nosotros colaboramos con ONG’s que trabajan para erradicar la pobreza en el mundo, que ‘apadrinamos’ niños con el ánimo de saciar nuestra vena solidaria y enseñar las fotos que nos mandan, año a año, de cómo gracias a esos pocos euros un niño va creciendo y educándose allá donde mal vive.

Alguna vez, incluso, casi siempre cuando vamos acompañados de alguien y nos interesa sorprender con nuestro inmenso corazón, damos unas monedas a ese pobre indigente que, zarrapastroso y sucio, pide por la calle; cuando vamos solos evitamos y ni siquiera le miramos.

Pero están ahí. La pobreza existe. Por mucho que miremos hacia otro lado, está y no hay que irse a África para encontrarla.

Vivimos una sociedad individualista, en la que cada uno vamos a nuestro aire y nos preocupa bien poco los problemas de los demás.

En muchas ocasiones he dejado escrito por aquí mi amistad con el liberalismo social. Ni creo, ni defiendo, el liberalismo clásico que representa el más puro individualismo.

He conocido, he tenido como compañeros a personas que, incluso a día de hoy, llevan por bandera su defensa de las ideas liberales. Como he conocido de cerca a estas personas, como he convivido y sufrido de sus constantes tics, puedo afirmar no sólo que ni ‘han ido’ ni van conmigo sus proyectos e ideas, ni creo que ellos mismos sean consecuentes con lo que predican.

El liberalismo social surgió en Europa a finales del siglo XIX como respuesta a la visión individualista del liberalismo clásico y en contraposición a los movimientos socialistas surgidos en la Revolución Industrial. Es el más remoto antepasado del social liberalismo, del liberalismo progresista y de las corrientes socialdemócratas del liberalismo.

Supone superar el individualismo atomístico del viejo liberalismo dando pie en favor de la sociedad. Y por otro lado, propugna una intervención del Estado en el campo de lo social.

Es una visión solidaria de la sociedad, una relación permanente y continua entre los individuos que forman parte de una sociedad denotando la dependencia entre ellos. Derivando a un concepto de justicia, actuando de forma natural y generando que todos los individuos cumplan con lo que le deben a la sociedad.

El problema de nuestros semejantes es nuestro problema. Nadie debería dar la espalda a personas que viven en extrema necesidad o en riesgo de caer en ella.

La dignidad de las personas debería estar por encima de todo.

Son épocas en las que el consumismo nos atrapa, en la que la gran mayoría llenamos las mesas de nuestras casas con viandas que superan lo necesario. ¿Cuánta comida desperdiciamos y tiramos?

¿Cuánto ansiamos lo innecesario cuando otros que necesitan no tienen nada?

No sé por qué pero a veces deberíamos reflexionar sobre estas cuestiones.

Existen dos tipos de pobreza en nuestra sociedad: la económica y material, pero también la humana y espiritual.

 

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Reflexionar sobre la muerte, reflexionar sobre la vida.

Recuperar la calma, esconderse entre páginas de libros sin prisa o, simplemente, contemplar desde la ventana cómo el cielo se abre a nuestros pensamientos.

Quiere decir esto, sin sin más filigranas, que debemos parar para encontrar un equilibrio ideal.

Entre las páginas de prensa que voy guardando para leer cuando el tiempo me permite, he encontrado una entrevista a mi admirado Javier Gomá. Les diría que nunca pasaran sin leer una entrevista a un filósofo, sea cual sea y de dónde sea, opine lo que opine y de lo que sea, siempre se aprende, siempre nos invita al saber y al pensamiento.

Javier Gomá publicó no hace mucho un nuevo libro: “La imagen de tu vida”.

Es un libro maravilloso, intimista en el que nos vuelve a abrir su pensamiento proponiéndonos  construir con la existencia un ejemplo perdurable y una invitación a una vida digna y bella.

En la entrevista, el filósofo, nos habla sobre la muerte. La muerte es un tema recurrente para muchos filósofos y algo tabú para la mayoría de los mortales. Ni nos gusta hablar, ni nos gusta pensar, sobre la muerte.

Nuevamente, las palabras de este autor, a mi, me hacen reflexionar, girar en torno a la muerte no desde la tristeza sino desde la realidad.

Creo que es importante que de vez en cuando lo hagamos. Reflexionar sobre la muerte te invita a no perder el tiempo en la vida, ni con la vida.

“Me gusta distinguir entre muerte y mortalidad. La muerte es algo vulgar que les ocurre a los mosquitos, plantas y a todo ser orgánico, siendo la conciencia de la muerte algo exclusivamente humano. De ahí surge todo lo valioso, como dije en «Primores de lo mortal». Nace el arte, que es una copia de seguridad de las cosas que amamos; el amor, que se espolea por la conciencia de lo efímero del ser amado; la ciencia, que es nuestra protección contra las imperfecciones de la naturaleza; la filosofía, la ética, la poética, el arte, la religión…” Gomá

No sólo no estoy preparado para mi muerte, es que no estoy preparado para despedirme de aquellos que quiero. 

A veces no es fácil ser consciente de que la vida es un camino que comienza y termina. Esa inconsciencia, posiblemente, nos lleva a tomar decisiones poco acertadas, como lo es la gran cantidad de tiempo que perdemos o dejamos pasar como si nada.

La mejor manera de caminar es vivir y no pensar en morir. Si uno piensa constantemente en morir, jamás vivirá.

Pero hay que pensar en nuestra mortalidad, sentirla. Pensar que hoy no podremos morir nos hace engañarnos a nosotros mismos en una inmortalidad ficticia. Nos vacía.

Pensar que somos mortales nos debe provocar aprovechar el momento, sentir la vida, no desperdiciar ningún instante.

Y una manera de vivir el instante, volviendo a Gomá, es pensar en lo que podemos hacer hoy para dejar en el mañana.

Esforzarnos en desarrollar nuestra creatividad, no dejar de aprender, de emprender; cultivar un buen corazón, ser compasivos y preocupamos por ese interior que nos genera paz mental y nos aleja de los enemigos exteriores. Sin paz interior es imposible que consigamos la paz exterior.

Nos dedicamos a buscar la felicidad en el exterior acaparando bienes materiales o peleando por un posicionamiento social más elevado; nuestra mente parece estar impregnada de esa avaricia y egoísmo que te impulsa a levantar cada día en el estrés de tener más y más dinero como si eso nos produjera felicidad. Nunca estamos satisfechos porque nunca estamos lo suficientemente felices. El día que morimos no podemos llevarnos nada de eso con nosotros,  ni siquiera sabemos si a los que se lo dejamos nos recordarán por ello o no, les haremos más o menos felices.

Pensamos que los culpables de nuestros problemas son los demás, o porque nos faltan recursos o por la sociedad en la que vivimos. Nuestro verdadero problema solemos ser nosotros, nuestra mente.

La felicidad no está ahí fuera, está dentro de cada uno de nosotros, en nuestra propia mente.

Cultivarnos, vivirnos, sentir cada momento como si fuese el último. Que nos recuerden por lo que dejamos en el corazón de los demás, no por si nos marchamos con más o menos dinero en la cuenta bancaria. ¿Para qué? ¿Por qué?

Y esto, estas breves líneas o reflexiones, es lo que me provoca haber leído hoy una entrevista como la de Javier Gomá aunque, tal vez, lo que verdaderamente me provoca estas reflexiones sea ese impulso por encontrar las respuestas, por seguir en el día a día despertando, sintiendo que soy eso, un ser mortal que tiene el privilegio de vivir hoy y dejar escrito por aquí estas líneas que no son más que esos pensamientos que se confunden entre filosofía y espiritualidad. Mi filosofía, mi espiritualidad: yo.

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Cuestión de envidia.

"La envidia es más irreconocible que el odio", François de la Rochefoucauld (1613-1680)
“La envidia es más irreconocible que el odio”, François de la Rochefoucauld (1613-1680)

Nos llega el verano y tengo esa agradable sensación de que la luz supera los días grisáceos del otoño. Tal vez eso nos llena como de una extraña energía que nos impulsa a la acción.

Solemos envolvernos, en nuestro día a día, en verdaderas pruebas de paciencia, de análisis y reflexión.

Reflexionaba sobre la envidia que nos inunda.

Hay mucho escrito sobre la envidia. Yo mismo, creo, he escrito varias veces sobre ese sentimiento, o estado, que provoca en la persona que lo padece dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles e intangibles.

La RAE ha definido la envidia como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee.

La envidia es uno de los grandes defectos de este país. Para mí siempre ha habido dos tipos de envidia: la sana y la maligna. La envidia sana es esa que utilizamos cuando nos alegramos de los éxitos de los demás, de su mejor ser o vivir, de su progreso. Es esa ‘envidia’ que te genera un sentimiento de motivación por el bien del resto. Es más que un dicho, una manera de expresar la alegría.

Pero decía mi gran amigo y compañero de medilla Aristóteles que “la envidia es el dolor que causa la prosperidad de los otros.”

La envidia maligna, esa más generalizada en nuestra sociedad, es la dañina; esa del ‘quiero y no puedo’, esa que culpa de todos los males o situaciones a los demás.

La envidia maligna es peligrosísima, a veces pone en juego la confianza del resto. La envidia maligna hace un daño exagerado sobre aquél que la siente pero, en ocasiones, también sobre los que le rodean.

Estas personas que sienten constante envidia, de todo y de todos, suelen estar amargadas o frustradas porque no disfrutan de lo que tienen, de la vida, de lo que les rodea.

La envidia maligna desemboca en sentimientos negativos que provocan estados emocionales como el rencor, la avaricia, el odio o la frustración.

A veces, repasando situaciones, analizando, como siempre, el porqué de ciertos comportamientos, llego a la conclusión que ni yo mismo soy capaz de responder a ciertas situaciones provocadas por emociones así.

Hay personas que, por su propia naturaleza, son liantes, les gusta enredar. Son esas personas que ni han hecho ni van a hacer nada más en la vida que dedicarse a hablar de unos y otros, criticar y enjuiciar, porque su mundo se reduce a eso. Detrás de esto se pueden esconder muchas patologías, pero la más coincidente y peligrosa es la envidia. Son envidiosos por naturaleza. En vez de disfrutar de su vida, o preguntarse el porqué de su vida, se hacen la pregunta contraria y negativa para ellos: ¿por qué unos u otros son o tienen más que yo? Para avanzar en sus vidas, lo primero que deberían preguntarse, por contra, es ¿por qué yo no soy o no tengo?

Otro de mis amigos, Arthur Schopenhauer, decía que

la envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.

No existe la suerte ni la casualidad.

Las cosas se ganan con esfuerzo, con sacrificio y renunciando a mucho. No se puede tener todo. No se puede trabajar poco y querer vivir como el que trabaja mucho. No se corre un maratón sin entrenar, ni se termina una carrera sin estudiar.

Todo aquello que viene sin esfuerzo o sin merecer, se va de la misma manera que ha llegado.

No soy yo quién, ni nadie lo es, para juzgar si una persona merece o no algo: ganar más, mejores cargos, vivir mejor. Si sé que muchos merecen mucho más que otros y la vida, aún sin dejar de intentar, todavía no los ha tratado bien; tal vez, otros muchos, no merecerían lo que tienen. Mi problema, en todo caso, no es estar pendiente ni preocupado por los que tienen sin, según mi juicio, merecer; he entendido siempre que juzgar a otros suele ser una pérdida de tiempo.

Mi problema, es y será, apostar, ayudar en lo que pueda y animar a aquellos que no se rinden nunca, pase lo que pase, que tienen proyectos y metas por los que se sacrifican, que no tiran la toalla aunque se llenen de adversidades, porque no dejan de creer en ellos. Estoy seguro que, tarde o temprano, les llegará su momento, triunfarán y tendrán éxito. Mi aplauso lo van a tener siempre, mientras lo están intentando y cuando lo consigan.

El problema del envidioso es que siempre piensa que lo que poseen los demás es porque se lo han quitado a ellos; o que si el resto tuviera menos, ellos tendrían más. No se paran a pensar, en caso de que piensen, que los que tienen lo hacen a costa de un sacrificio y esfuerzo muchas veces impagable.

No merece el éxito aquel que lo espera de brazos cruzados.

De todos los proyectos que uno lleva en marcha, que uno emprende, unos van y otros no, unos siguen y otros caen por el camino, eso sí, me levanto todos los días con una inmensa ilusión y pasión porque todo avance y salga lo mejor posible y, si puede ser, que a todos aquellos que me importan y me rodean, les vaya las cosas lo mejor posible.

Uno de nuestros mayores males es la envidia que sentimos hacia el otro, el de enfrente, el vecino, el compañero, el ‘amigo’.

Uno de nuestros grandes problemas vitales es que deseamos, casi siempre, aquello que no tenemos y así, sinceramente, nos llenamos de sufrimientos absurdos.

Si pensásemos más en dar que en recibir, en ofrecer y no en tener, evitaríamos muchas de nuestras contradicciones vitales.

 

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