Pero ¿qué riqueza?

 

Salgo a correr, cuando puedo, por el campo. A veces, con un frío importante, otras con un calor que axfisia el alma, pero siempre con ese deseo de volver otra vez a ese momento. Cuando hago una tirada larga, suelo correr acompañado por  esos caminos que van guardando  conversaciones como tesoros de palabras y emociones.

La conversación, a ritmo de zancada, es una forma de meditar;  nuestra mente y corazón buscan la cadencia y el ritmo adecuado, para provocar el esfuerzo justo como para no dejar de hablar entre zancada y zancada. Así, la carrera, se convierte en algo más que un simple esfuerzo físico: es meditación, es limpieza espiritual y emocional.

Las conversaciones giran sobre la vida, sobre el todo y la nada. El otro día charlabamos en torno a esas acciones humanas que no dejan de sorprender a unos y otros. Acciones que muchas veces carecen de significado pero que ocurren, nos ocurren. Es curioso cómo siempre culpamos a la mente de las malas acciones. Tratamos de salvar al hombre, ese ser capaz de lo peor dependiendo de qué circunstancias.

Cuando alguien comete una tropelía, decimos eso de “se le fue la cabeza”. Pero cuando alguien hace el bien mediante acciones no habituales, no decimos que “se le ha ido la cabeza”, simplemente pensamos que hace lo correcto, aunque su acción no sea copiada por la mayoría.

Así, entre zancada y zancada, vamos desgranando, dialogando, filosofando sobre todo aquello que nos preocupa, altera o enriquece.

Comentando nuestra ajetreada vida, nuestra actividad cada día más cargada de responsabilidades que no cesan, que acumulan problemas, que quitan horas y momentos poéticos, nos hemos preguntado si realmente vale la pena la forma de vida que llevamos

¿Nos habremos equivocado de vida? ¿Hemos cogido la dirección adecuada?

Como dice una persona, de esas pocas que me importan lo suficiente como para hacer caso de sus sabias palabras, ¿es fácil hacerse esa pregunta cuando se vive en una especie de comodidad? ¿Qué es un problema? ¿Qué es afrontar más o menos responsabilidad para alguien que vive en un mundo en el que no le falta de nada?

Pero, ¿cómo es posible que teniendo de todo, no nos sintamos plenamente realizados o felices?

En los últimos tiempos, día sí, día no, aparecen noticias en prensa de personas aparentemente normales, como nosotros, de esas que viven en el privilegio del todo, que abandonan y se van en una búsqueda espiritual, más allá de lo material, simplemente por el hecho de no sentirse plenamente satisfechas con su vida. Les falta algo, dicen.

Hay miles de ejemplos más, la mayoría anónimos, de personas que teniendo una vida cómoda, llena de los máximos privilegios, los apartan, como el Buda, para vivir en una especie de pobreza material pero riqueza espiritual.

¿Qué es tener riqueza? ¿Dinero, coches, títulos, tarjetas de crédito, casas? ¿Cuál es la verdad de la riqueza? ¿No será ese más allá espiritual que casi todos anhelamos y buscamos de una u otra manera?

Es cierto, también, como me comentaba hace poco, ¿quién desde la máxima pobreza, desde la adversidad continuada o desde esa falta de lo esencial, encuentra esa felicidad que parece los occidentales buscamos en lo oriental? A veces parece que nos encaprichamos de filosofías espirituales simplemente porque queremos esconder esas carencias que nos acompañan y que, en ocasiones, poco tienen que ver con lo material.

La pobreza no tiene que ver con lo material, es un estado mental. Muchos pobres son más felices que esos otros ricos o aquellos que vivimos una vida más o menos privilegiada.

Decía Mike Todd que

“Nunca he sido pobre, solo he estado sin dinero. Ser pobre es un estado mental mientras que no tener dinero es un estado temporal”. 

El alma humana no tiene color, y tampoco ideas.

Me quedo con el alma de las personas. Es la máxima riqueza de espíritu. Y es mi reflexión esta noche.

 

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