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El diario…

Volvemos a la rutina, a la cruda realidad, a los ruidos, a los problemas que cada uno nos cargamos, a veces voluntariamente, en la mochila olvidando al instante los días vacacionales, los que hemos tenido el privilegio de disfrutarlos. Otros, en cambio, tal vez con menos queja, continuarán buscándose la vida como buenamente pueden.

La queja, la eterna queja. Algunos pocos valorarán mucho más lo que tienen, aunque sea poco o nada. Otros muchos nos quejaremos de todo, con la consciencia equivocada.

Los calores de momento, en este final de agosto, continúan. Las temperaturas nos adormecen, cansan y, en ocasiones, hasta nos cambian el humor de tal manera que enfadamos con el mundo, este mundo que estamos debilitando a pasos agigantados.

Anotaba hace poco que he escrito poco últimamente. Poco, o nada. Debería ser al contrario. Es tiempo de creatividad. Luego llega el otoño y el invierno que nos apaga.

El diario es una herramienta, personal, que siempre he recomendado como hábito en el vivir bien, en la vida buena.

Escribir un diario es fácil. Solo hay que ponerse cada día y tener compromiso en el tiempo. Como todo y en todo, es cuestión de disciplina, de querer; a la larga sé que es muy beneficioso.

Lo difícil de llevar un diario es sostenerlo en el tiempo.

Sentarnos a pensar, a reflexionar. Sentarnos a vivir y dejar caer nuestras ideas de lo que hacemos o somos, de cómo queremos ser, del cómo afrontar las adversidades que la vida nos presenta.

Revisar a diario nuestras acciones de la jornada y ver qué hemos hecho bien, mal o qué podemos hacer mejor en el día siguiente.

Tener presente siempre la muerte, en cada uno de nuestros días, Memento Mori, y así aprovechar al máximo el tiempo ya que cualquier momento puede ser el último.

Yo, normalmente, escribo por la mañana, antes de iniciar la jornada laboral, si es posible tras tomarme un café. Escribir lo que quieres hacer en el día, los valores que guiarán tus acciones. El estado en el que has despertado.

¿Qué objetivos debo conseguir hoy para sentir que el día habrá sido productivo?

¿Qué es más importante para ti?

Por la noche, antes de ir a dormir, vuelvo a sentarme un rato tranquilo, en el máximo silencio posible. Analizo cómo ha ido todo. Hay veces que nada importante me viene a la cabeza y suelo divagar entre estupideces o miedos. Me pregunto:

¿Qué hecho bien hoy?

¿Qué he hecho mal?

¿Qué puedo hacer mejor mañana?

“Examino todo el día y vuelvo sobre lo que hice y dije, sin esconderme nada, sin pasar nada, el sueño que sigue a este «autoexamen» es particularmente dulce.” Séneca.

Escribir cada día en un cuaderno, a modo de diario, es una manera de viajar hacia dentro de nosotros.

Los diarios, normalmente son privados. Solo aquél que los escribe tiene la potestad de hacerlo público. Leer el diario de otro, sin permiso, podría ser motivo de denuncia. A lo largo de mi vida he sufrido robos de algunos de mis escritos o lecturas inadecuadas por personas que trataban de indagar en mi intimidad. El diario solo lo entiende quién lo escribe.

«La escritura natural de este tiempo es el diario. El tiempo verbal que mejor expresa lo que vivimos ahora mismo es el presente de indicativo, el que nombra los hechos en el instante mismo en que suceden, o unas horas más tarde, como máximo, cuando ni el olvido ni la memoria han emprendido ya su tarea habitual y constante.» Antonio Muñoz Molina

El diario es un espacio de libertad, casi de clandestinidad personal, en un momento en el que no somos libres del todo.

En los diarios no contamos nada a nadie, tampoco tenemos por qué escribir bien ni con un estilo académico. Simplemente vomitamos, escupimos o nos relajamos mientras nos deshacemos de muchas de las toxicidades que nos acompañan en el día a día.

Escribir es un método de autodescubrimiento.

Es un modo más de entendernos, de echar un rato con nosotros.

Es una manera de analizar tus emociones, entenderlas y gestionarlas mejor.

Escribir te hace sentir acompañado en caso de que te sientas solo; te hace encontrar tu momento de soledad en caso de que estés acompañado.

Te sirve para estructurar tus pensamientos y así tomar mejor tus decisiones del día a día.

Escribir te proyecta más allá del presente.

También te sirve para perdonarte, para vomitar esas culpas que vas arrastrando en ese saco que es la vida.

Para creer más en ti.

Simplemente para expresarte y decir lo que piensas.

¿Qué he conseguido hoy?, ¿qué he aprendido?, ¿a qué he dedicado mi tiempo?, ¿he descubierto algo interesante?, ¿cómo me he sentido?, ¿cómo he ayudado a otros?, ¿qué he conseguido en el trabajo?, ¿cómo he pasado el tiempo? ¿Qué puedo mejorar?

Responder a estas preguntas ya es un paso para escribir cada día. El resto viene solo.

Según Gillie Bolton, investigadora del King’s College de Medicina y Arte de la Universidad de Londres, cuando se está escribiendo un diario «aumenta la confianza en uno mismo, se potencian los sentimientos de autoestima y motivación para la vida. De alguna manera permite explorar áreas cognitivas y emocionales que no siempre son accesibles». Desde el King’s College se asegura que, gracias al diario, «podemos mejorar nuestra salud, es decir, que no se trata ya sólo de un medio para hacer frente a momentos difíciles, sino de una herramienta para mejorar sin necesidad de estar mal para hacerlo. El diario aumenta la capacidad de auto curación del organismo. Quienes escriben un diario superan antes procesos infecciosos y cicatrizan antes las heridas».

Escribir un diario fortalece el compromiso con uno mismo.

Siempre he leído diarios. De escritores, filósofos, científicos, políticos o empresarios. Aunque sean diarios públicos, pulidos y corregidos,  encuentras la inspiración, los momentos de flaqueza, el desorden de la vida, la búsqueda de un mismo en cada uno de ellos.

Entre los diaristas públicos, escritores que escribieron sus diarios para ser publicados u otros, menos, que tras su muerte sus descendientes decidieron, sin autorización ni permiso del autor, publicarlos, destaco a Kafka, André Gide, Thomas Mann, Virginia Woolf o algunos más actuales como mi Andrés Trapiello o Iñaki Uriarte entre otros.

Hay quién dice que los diarios son literatura de autores infelices. No estoy para nada de acuerdo.

¿Escribe la persona feliz? ¿Quién es feliz?

En este inicio de curso, como yo denomino a este período que comienza y que abarca desde el 1 de septiembre hasta las siguientes vacaciones, si llegan, me propongo, para volver a coger la disciplina de la escritura, publicar semanalmente mis anotaciones del cuaderno, con su día a día, de tal manera que pueda guardar aquello que más valor reflexivo pueda tener para mí.

El diario público debe encontrar el equilibrio entre el pensamiento y la reflexión interna con lo externo, siempre guardando ese espacio de privacidad a deseo del autor.

Un diario público es un escenario de pensamiento en voz alta en el que te desnudas y, por lo tanto, te expones voluntariamente al exterior. No es lo mismo que un diario privado, el que te guardas para ti, el cajón de tus miedos, desganas y miserias.

En este caso será un espacio de reflexión hacia la motivación exterior. No un rincón de lágrimas, aunque lo triste, siempre, podría llevarnos a la sonrisa en un santiamén.

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