Filosofía

Volver al pueblo!

En las casas antiguas de los pueblos, construidas con muros de barro y piedra, las de mis abuelos, no existían persianas como las de ahora, que te oscurecen la habitación aunque el sol del día esté iluminando por completo el exterior; tampoco las ventanas te encerraban, herméticamente, al ruido, de tal manera que cuando la luz se hacía y las señoras, como mi abuela, comenzaban a barrer la puerta, agachadas, con pequeñas escobas caseras, de hierbas y ramas secas, como durmieses en las habitaciones que daban al exterior, despertabas con esas conversaciones que ahora podrían parecer un tanto absurdas, o carentes de sentido, pero que entonces, ajenos ellos al mundo externo, versaban sobre la relación de uno u otro vecino, la enfermedad que había sorprendido a aquél o esos pollos que engordaban lentos para el puchero del día. 

Cada amanecer, de entonces, era una ilusión, una aventura. Ilusión por comenzar a correr por la casa hacia el corral, a ver las gallinas y conejos; aventura por descubrir, durante el día, nuevos caminos, nuevos rincones, en el pueblo.

Una tele tardía, con no mas de dos canales, que no se encendía hasta las noticias del medio día. Una radio enorme, vieja. Ni ordenadores, ni móviles, ni tabletas digitales, ni nada parecido. No podíamos ni imaginar, cómo años mas tarde nos invadirían todos estos aparatos, hasta convertirnos en adictos controlados por ellos.

El porche, que todavía guardaba el carro del abuelo, aquél con el que salía hasta sus últimos años, antes del amanecer, a trabajar el campo; la cámara, a modo de desván, que además de aperos y utensilios varios, escondía alguna que otra reliquia del tiempo; el patio, emparrado y colorido por los geranios y el verde de las pilistras; la higuera, que ya pretendía invadir la casa de la Tomasa.

Las tías, los primos; los unos y los otros con sus niñerías infantiles y luego adolescentes.
Lo simple. El olor a hierbabuena y tierra, mezclado con unas aguas tal vez demasiado cloradas.
Y las moscas, tan cansinas en verano. Los gatos que correteaban, como nosotros, en libertad buscando algún ratón despistado.

No sé por qué, o sí, vienen esta mañana estos recuerdos, al despertar, en este oscuro silencio de domingo en el que no soy capaz de escuchar una sola voz, un grito alborotado de un niño jugando en la calle, riendo, alegre. ¿Dónde están?¿Era esto lo que verdaderamente queríamos? ¿Esto es ese ‘progreso’?

“Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno  siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos.” Luis Landero

Imagino ahora el sol reflejado en las paredes encaladas, blancas, deslumbrantes, guardadas por esas portás de maderas castigadas, pero que a día de hoy algunas de ellas sobreviven al tiempo.

Estamos encerrados al tiempo. Nos cuesta levantar los ojos para ver una radiante salida de sol en el horizonte. Todos esos cielos están allí.
La luz no está tan lejos de nosotros. Está a unos kilómetros de cada uno, en los pueblos de donde vinimos a crear todo este conglomerado de asfaltos, cementos y ruido que han intoxicado nuestra alma.  
La situación, la reflexión, nos hace volver a mirar al pueblo. Hemos sufrido el encierro de una pandemia. Sufrimos una situación vital de semi libertad. Queremos respirar. Lo que antes nos divertía, el bullicio, la aglomeración, los atascos… ahora nos irrita.
Los pueblos quedaron vacíos. Vaciamos lo mejor que teníamos. Hoy pocos aguantan el tirón, pero los hay que aguantan y viven. ¿Con problemas? Por supuesto. ¿Quién no tiene problemas? Pero lentos, pausados, respirando, ajenos a lo material de ese mundo de listos, que externamente han podido progresar más.
Algunos osados comienzan a volver. Son criticados, incluso se les tacha de fracasados. ¿Por qué? ¿Por elegir recuperar la paz que no tienen? ¿Por escapar de esas toxicidades industriales y mentales que les rodean?

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…” Thoreau

Yo les aplaudo. Conozco a algunos que lo han hecho. Algunos que la vida les permite y han decidido escapar. Algunos que simplemente han decidido comenzar a vivir de nuevo. Que creen y deciden. Algunos de esos que no les importa tanto lo que piensen los demás. Y, sinceramente, no son, por decirlo de algún modo, ‘ignorantes’ o ‘incultos’ o ‘fracasados’. Son, en todo caso, de esas personas que otros etiquetan como de ‘éxito’. Personas de ‘éxito’ externo que se han dado cuenta de que el ‘éxito’ no está en el exterior, en la cuenta bancaria, en el cargo que ostenta en la empresa. El éxito está en vivir, en sentir, en ese interior que todos tenemos pero que tanto tardamos en descubrir, suponiendo que lo descubramos.Han dicho que basta ya de perder el aliento corriendo tras tubos de escape ahumados.Preferir el canto de los pájaros al claxon que te conduce como un zombi cada mañana a la oficina.El atardecer en la soledad de una piedra, que esos centros comerciales invadidos de microbios.
No es fácil. No lo es.La vida en los pueblos no es nada fácil pero, ahora, la distancia es cercanía. Todo está más cerca.
🌞 Aquél que olvida sus raíces olvida su futuro.

Los pueblos nos hacen recuperar la libertad, el control sobre nosotros mismos.

Aprovechar el tiempo de una manera más eficiente y de calidad.

Recuperar la esencia de la tierra.

Desconectar de las pantallas.

Gestionar y controlar tu tiempo.

Paz, sobre todo paz.

¿por qué escribo estas cosas? Primero, porque lo sé, lo conozco, lo siento; segundo, porque echo mucho de menos mis tiempos en el pueblo.
Lo echo tanto de menos que a veces, cuando hablo con alguno de esos amigos que cuento por allí, le digo que saldría corriendo de aquí y no miraría atrás.
Pero todo al tiempo.
De momento sigo con mi particular defensa de lo rural, de lo sencillo, de la recuperación de la verdadera esencia del Ser que está, no lo duden, allá de dónde venimos.

“Sigue el orden regular de las cosas; deja que los vivos vivan, y tú resume tus ideas y haz el testamento de tu pensamiento y de tu corazón.” Amiel

Por aquí te dejo, por si es de tu interés, estos otros post  anteriores que tratan de poner en valor el sentido de lo rural, del campo, #sentirelPueblo:
Volver al campo!

Ser del pueblo: #sentirMinaya

Semblanzas de Verano: la vendimia en Minaya.

Sentir el campo, vivir el pueblo.

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