Liderazgo

Reflexiones desde el Aquí.

Esta enfermedad de mierda que es el COVID, te aleja de las personas que quieres. Es una enfermedad solitaria, que se vive de manera individual, rompe el contacto con el otro por seguridad porque no sabes si la llevas encima y el daño que podrías hacer sería el final.

Cuando te contagias, te conviertes en una especie de condenado a la soledad no se sabe por cuánto tiempo. Como mínimo, si el virus se porta bien contigo, esos 10 ó 14 días que protocoliza el sistema sanitario. Más allá de  ese tiempo la carga viral de tu cuerpo es mínima y no existe posibilidad de contagio. Pero como dicen algunos ¿y eso quién lo sabe? Bueno, el caso es que lo sabrán aquellos que deben saberlo, en este caso, los médicos y científicos.

A partir de ese momento están los que lo entienden así y que, más allá de no dedicarse a darte besos y abrazos, si coinciden contigo no se cambian de acera. Y están también los que te estimulan para que te hagas pruebas PCR, a ver si tienes suerte y en alguna, más pronto que tarde, aparece el negativo. Pruebas que, al no ser obligatorias, te las debes hacer bajo tu responsabilidad y coste, a una media de 80 €.

A partir de ese día 15 desde que diste positivo, que la sanidad te ha dado de alta y guarda tu expediente, te puedes hacer cada día, por tu cuenta, un PCR pero lo normal es que hasta pasados 30 días tu cuerpo no tenga ningún rastro del bicho.  ¿Por qué? Según la OMS, porque aun no teniendo carga viral, quedan, sin fuerza, restos de lo que pasó por allí con ánimo de hacerte el mayor daño posible. Los hay que tardan 30 días en dar negativo y los que tardan 60 para tener el dichoso certificado y así poder enmarcarlo en el perfil del whatsapp a vista de todos. ¿Pero si los médicos no obligan a ello por qué lo hacemos? Está claro que para mayor seguridad y tranquilidad de unos y para mayor beneficio de otros.

¿Quién tiene posibilidad de estar gastando ese dinero semanal o diario? Pues no muchos, pero curiosamente son aquellos que sí pueden los que suelen tener otras posibilidades para conseguir la  certificación negativa con medios no costosos: empresas, amistades o enchufes varios y respetables.

Realmente cuento esto, simplemente, porque siento que vivimos en un estado de incertidumbre que nos lleva a la desesperación, a la discusión y a la más absoluta contradicción social.

Este fin de semana he visto a esas personas que quiero y que desde hace más de un mes no veía. Y eso es realmente lo que importa, al menos a mi: mi hijo y mis padres.

El viernes, por fin, también tuve a mi perra Kika. Hacía cerca de dos meses no la veía.

Kika va camino de cinco años y todavía la recuerdo diminuta. Desde que la vi por primera vez supe que sería una perra buena,  solo ofrecería cariño. Porque así son los animales en general y los perros en particular.

Kika te ve, pase el tiempo que pase, y no solo no pregunta ni reprocha, sino que se pone a dar saltos en círculos para que la cojas en brazos y poder lamerte (besarte) la cara para demostrarte ese amor incondicional. Pero lo más curioso es que, si está contigo, eso lo hace cada día porque para ella eres el mismo, no el que otros quisieran que fueras. El mismo, TÚ.

Ella te perdona tu mal humor, tus momentos agrios, esas malas formas -que tan a menudo te acompañan-, tus días bajos. Te lame las heridas sin pensar en lo que será. Se alegra de tu despertar aunque a veces tu aliento parezca el baño de un bar.

Son así y por eso, además de esas personas que quieres, echas tanto de menos cuando no están.

Sé que si viviera de otra manera, en otras circunstancias, tendría más ‘Kika’s’, de la raza que fuera aunque tenga mis preferencias; ellos lo llenan todo y dan sin interés, preguntar o prejuzgar. Simplemente son así. Ellos son animales y nosotros, que razonamos, personas. ¿O es al revés?

Nosotros nos llenamos de contradicciones y a veces hablamos sin pensar. Opinamos sin saber y criticamos al que sabe. No nos cansamos de hacerlo.

Vivimos momentos de ansiedad, de rabia, de desesperación. Parece que todo lo hacemos más difícil todavía.

Lo vemos en el día a día.

Defendemos nuestra hostelería, pero también aconsejamos quedarnos en casa para evitar contagiarnos. Criticamos al que entra en un bar, pero queremos que los dueños no cierren. Nos entristece que el pequeño comercio muera, pero preferimos comprar en Amazon un libro en vez de en la librería de la esquina. O meternos en un centro comercial abarrotado de gente y no bajar a esa frutería del barrio a comprar unas manzanas.

Ni a unos ni a otros voy a criticar o enjuiciar. Por eso tampoco quiero que ni unos ni otros lo hagan conmigo. Vivamos como creemos y sin  molestar al de al lado, con responsabilidad; cada uno sabe cómo tiene, quiere o puede vivir.

El tiempo que perdemos en hablar utilicémoslo en ayudar.

El miedo, en muchos casos, nos devora por dentro.

Los días oscurecen antes. Parece que se acortan y nos han robado el tiempo.

Las casas se enfrían tanto como se enfría la mente.

Muchos han vuelto a rezar.

¿Somos realmente conscientes de lo que nos está pasando?

Nos hemos olvidado como son esas sonrisas que ahora tapan los filtros y las telas de las mascarillas.

Las dificultades nos moldean. 

Nada más bello que navegar en el interior de las personas. Cada uno tan diferente. Cada uno respondemos de manera diferente a la misma circunstancia.

Toda vida es una aventura incierta. No sabemos qué será de nosotros mañana: nuestra salud, el trabajo, las relaciones. Todo es incertidumbre.

Todos queremos estar bien, ser felices, vivir en paz y en amor. Pero no todos nos decidimos a apostar por el verdadero CAMBIO que es el interno.

Debemos cuidar lo de dentro, lo de fuera es prestado.

Nuestra vida es frágil, temporal y finita. Somos impermanentes.

Debemos adaptarnos a la realidad en la que estamos.

Nada va a ser como antes. Nada vuelve hacia atrás.

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