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‘Eutanasia’ por JL Moreno Coach

Andaba rumiando uno hoy varios pensamientos. Rumiar pensamientos es un arte digno de aquellos que, inevitablemente, van descomponiendo su mente en pedacitos, hasta encontrarse con su verdadero Yo.
Decía que andaba rumiando y me aparecía por ahí la muerte, de nuevo reflexiones sobre la muerte. Como sin querer me ha venido a la cabeza ese debate, recurrente par algunos, pero de importancia y sensibilidad para otros, que es el de la eutanasia.
Vivimos en un país en el que cada vez ocupan un papel más privilegiado los oportunistas y demagogos. Entiéndase esto con el debido respeto a todos y cada uno de los representantes elegidos democráticamente, no hago distinción ideológica. Hablo de todos. De todos y de cada uno de los que generan debates única y exclusivamente para tapar otros pero que, sin atreverse a ello, no llegan nunca a cerrar del todo.
Muerte. En nuestra sociedad y cultura occidental, hablar de la muerte ya supone un ir y venir de tabúes y creencias que nos hacen ennegrecer todavía más ese momento natural para el que hemos nacido: morir.
Desde que nacemos comenzamos a morir.
Y la pregunta es: ¿cómo queremos morir? Hágansela ustedes mismos. Yo quisiera morir tan dignamente como nací.
Puede ocurrir, espero que no sea así, que cuándo llegue el lejano momento -espero tener todavía muchos años de guerra vital- si la cosa se pone complicada, humillante, indigna, pueda decidir ir sin más, sin sufrimientos absurdos e indecorosos. Ni quiero sufrir, ni quiero que me vean sufrir los que estimo y quiero.
Y sí, hablo de eutanasia.
Hace ya unos cuantos años, creo cuarenta, se aprobó en España, gobernaba UCD, la Ley del Divorcio. Ahora nadie pone en duda aquello. Pero en 1981 no era tan claro y distinto como puede parecer con la perspectiva del tiempo; ahora prevalecen los argumentos a favor de la libertad. Creo entonces fueron 162 votos a favor frente a 128 en contra y 7 votos en blanco, con los liberales de la UCD votando junto a socialistas y comunistas. Fraga, entonces líder de Alianza Popular, advertía “ni es la hora de leyes estridentes, como la del divorcio”.
Ahora, el otro día, socialistas, comunistas y Ciudadanos unieron sus votos para sacar adelante otra ley “estridente” (digamos en el argot de Fraga), con la oposición del PP y Vox (201 votos a favor – 140 votos en contra).
Y si hicieran la pregunta a sus votantes, digo a los votantes de los partidos que lo hicieron en contra ¿qué dirían? ¿Qué dicen los votantes de estos partidos a leyes como la del divorcio, el aborto, el matrimonio gay o la eutanasia que, sin duda alguna,  unos y otros hacen suyas en su acción diaria?
Y sí, no creo que, a estas alturas de la vida, se vayan a aprobar leyes que queden en un limbo jurídico o contemplen resquicios contrarios a los derechos fundamentales y humanos. Y sí, apoyo una ley de eutanasia pro vida.
Me genera una gran confusión, así va, que muchos de aquellos que se hacen llamar liberales se opongan a algo tan esencial como la libertad individual como bien supremo unido al de la responsabilidad. El ámbito en el que se ejerce la libertad es la propiedad y la vida es una propiedad que tiene todo ser humano. Nadie debería despojarnos de esa propiedad: ni directa ni inversamente. Nadie es quién para arrebatarnos nuestra vida, de la manera que sea y, por contra, nadie es quién para decirnos o prohibirnos decidir sobre cómo queremos vivir o, en este caso, no vivir.
Quien teme a la muerte teme a la vida.
La eutanasia, como he escuchado por ahí últimamente, no es liquidar a las personas con dinero público.
Medicina, creencias religiosas, leyes, filosofía, ética… todo confluye en un tema del que creo ha llegado la hora, como hace cuarenta años se trataron y avanzaron en otros, de abordar en estos momentos. Cierto es que aquí pronunciamos el término ‘muerte’ y eso nos repele. No estamos educados para hablar de la muerte. Nadie quiere morir.
La eutanasia supone un debate profundo y sensible mucho más que ideológico.
Yo no quiero llegar a ser un humano reducido a una condición de piltrafa, vegetal, en contra de mi voluntad.
La vida es maravillosa, sí. A veces sí y a veces no. La vida es maravillosa si la vives con dignidad humana.
La vida es digna cuando puede uno reservarse el derecho a abandonarla cuando comience el horror, la oscuridad, la pérdida de la belleza del Ser que puede llevar esos diferentes nombres que todos conocemos como son el cáncer terminal, la tetraplejia, el alzheimer u otras mil posibles desgracias habidas en el universo existencial de una persona.
Si podemos elegir cómo vivimos, por qué no vamos a elegir cómo morimos.
¿Por qué tengo que sufrir, humillarme, agonizar y hacer agonizar a aquellos que me quieren o aprecian por tiempo?
Soy de los que piensan que la eutanasia voluntaria es un derecho humano. Y, por favor, no estoy defendiendo el suicidio que, en la mayoría de las ocasiones llega por una enajenación mental o depresión que impide el razonamiento de la persona. Hablo de decidir cómo quieres terminar tus días. Hablo de la dignidad de la persona. La eutanasia voluntaria es un derecho humano, es un derecho de libertad.
‘Eutanasia’ para aquellos que no lo saben, es una bella palabra que en su origen etimológico significa buena muertedar la muerte a una persona que la solicita para liberarse de un sufrimiento irreversible, intolerable e indigno para ella.
Respeto la opinión de todos y, por ello, aunque no sea un tema aparentemente agradable ni de hablar ni de discutir, también sé que a muchos no gustará de mis palabras u opiniones. En fin, son las que son. Alguna acertadas, muchas no. Mi libertad es opinar: y opino.
Estoy a favor de la eutanasia y quiero elegir, cuando llegue -deseo y espero no tener jamás que vivir ese momento de elección- si me quiero morir porque mi vida no la siento digna de ser vivida. Y no quiero que mi vida sea nunca una carga o una agonía para mis familiares, ni tampoco que lo sea para la sanidad pública. Simplemente quiero elegir. Y sí, por cualquier circunstancia, mi cabeza deja de funcionar correctamente, por ese alzheimer que ronda agazapado en los caminos, en ese momento en el que deje de conocer, saber o entender… que sepan lo que han de hacer, déjenme ir.
Dicho está.

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