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Pensando en alto…

De vez en cuando, menos de lo que quisiera, tengo la oportunidad de conversar con un joven, la persona más importante en mi vida: mi hijo. Tengo la oportunidad de escucharle, tengo la oportunidad de entenderle. También de aprender. He de decir, y sobra, que cada día me siento más orgulloso de él.
¿Cómo le explicas a un joven de 18 años, en plena ebullición y efervescencia hormonal, con la cabeza más en la próxima ‘fiesta’ del fin de semana que de su futuro como persona, vital, que sin esfuerzo es muy difícil llegar a nada, que el éxito no está en tener sino en Ser y que la felicidad no te la aporta el momento de esas risas con tus amigotes sino la calidad de las personas que te acompañarán en tu camino?
¿Cómo explicarle que de las caídas se aprende y de estar en la calle uno se desprende de su verdadero Ser porque termina por ser lo que los demás quieren que seamos?
¿Cómo hacer ver a ese chaval, que es lo más importante de tu vida, que de tus errores buscas sus aciertos, que de tus pocas virtudes sus valores, que de tus fortalezas el ejemplo, que de su camino, el tuyo?
¿Como hacer entender a un chaval de 18 años, que de lo que aproveche el tiempo, o haga ahora, depende su futuro?
Es bastante complicado en una época, en una generación, que ha crecido en comodidades, que saben poco del valor del esfuerzo y que se han visto protegidos siempre, de una u otra manera, por sus padres.
En la mayoría de las ocasiones los culpables nunca son ellos, hemos sido nosotros. Los chavales se van haciendo conforme nosotros les vamos dando la oportunidad de hacerlo.
La recompensa del esfuerzo, a ciertas edades, es difícil de ver y entender ya que, normalmente, es algo a largo plazo y ellos, jóvenes como todos hemos sido, buscan más el placer de lo inmediato.
Casi todos tratamos de aconsejar, de hacer ver a nuestros hijos aquello que, a lo mejor, nosotros hemos visto tarde o, simplemente, la experiencia nos ha obligado a ver.
He caído varías veces, pero me he resistido siempre a arrastrarme. Me ha levantado el orgullo y la exigencia, la misma que en ocasiones, por exceso, me ha machacado.
Alguna vez, por errores, me han hecho sentir mala persona, o lo han intentado, pero sinceramente sé que el legado que dejaré es el de ser buena gente: honesto, humilde, privilegiado por Ser y Vivir, y ser el tipo con más defectos que nadie, pero que no dejará de tratar de corregir hasta el último día.
Sé como hacer que otro se levante y siga adelante, aunque a veces a mi me cueste mucho caminar.
En innumerables ocasiones he hecho las cosas más difíciles de lo que debían ser. En la vida todo es mucho más fácil de lo que creemos.
La mayoría de los padres se preocupan por sus hijos, a veces en demasía. Los hijos solemos darnos cuenta de esto con el tiempo. En el momento, en el presente, no solemos valorar ni nos importa un carajo. Los padres que se preocupan -dicen- suelen ser pesados, cansinos. Pero sentir que tus padres están ahí, tal vez sea lo más importante que te da la vida, y lo digo yo que ya soy mayor.
 
Vivir cada día con prudencia, como si fuera el último, sin enjuiciar o criticar al vecino, simplemente siendo responsables de nosotros y dando a los demás todo lo que podamos. Esa es la esencia del Ser.
Tener amor propio, pensar por uno mismo, sin influencias, no es fácil. Cuando eres joven prácticamente es imposible, pero se puede ser. El conocimiento te ayuda a pensar por ti mismo, a decidir por ti lo bueno de lo malo, lo que quieres e ir a por ello.
 
Me importa mi hijo, claro que sí, lo más importante de mi vida, pero me importan también todos esos jóvenes que, como él, se enfrentan a un camino incierto, lleno de dudas, de penumbras, de dificultad… como lo fue el camino de nuestros abuelos, de los suyos que son nuestros padres. Cada época sorprende con una dificultad, tal vez la suya parezca mayor, pero si unos superaron hasta el hambre, ellos tienen todo en sus manos para hacer de su mundo un espacio mejor y labrarse ese futuro en el que el verdadero Éxito sea Ser por encima de Tener.
 
Es curioso pero trato de coser mis heridas viéndole crecer. Tampoco por ello debemos nosotros dejar de crecer cada día, de caminar, de Ser.
Sé que he vivido lleno de contradicciones, que mi mente ha ido por un lado y mis acciones por otro. He aprendido que para todo hay un momento y cuanto antes nos demos cuenta menos errores cometeremos.
Comienzo estos días la difícil y tediosa tarea de corregir y dar forma a un libro que, previsiblemente, se titulará ‘LiderandoT’. El libro estará dedicado a él, a mi hijo, pero a todos los que como él, en ese inicio de mayoría de edad, se enfrentan a un futuro incierto que, en gran medida, dependerá de cada uno de ellos. ¿Y solo a esos jóvenes? No. Mientras voy leyendo lo escrito me doy cuenta que cada uno de nosotros, en el momento de la vida en el que nos encontremos, en el tiempo o las circunstancias que sean, podemos cambiar nuestro camino, elegir, continuar como estamos o hacer todo lo posible para estar o llegar donde queremos estar o llegar. No hay excusas, no hay edades, no hay pasado. Hay presente y hay futuro mientras vivamos, y siempre un camino por recorrer.
Nuestro presente depende de nosotros. Nuestro mañana, ojalá también. Nosotros somos los responsables de ello, nadie más. Yo seré el responsable de terminar este libro junto al poemario que, a su vez, también corrijo, nadie más. Yo soy el responsable de mi presente, nadie más.
Lo más difícil en el liderazgo es ser capaz de auto-liderarse. Ese es mi principal pregunta y consejo: ¿Cómo te lideras a ti mismo? Para ser un líder, primero aprende a ser tu propio líder.
Todo requiere de esfuerzo. Todo requiere de disciplina. Todo requiere compromiso.
Si, por poner un ejemplo, encuentras un trabajo o comienzas una nueva relación, y no le pones compromiso, pasión, ilusión, amor, lo normal es que al poco tiempo todo termine. Esto ocurre en cualquier ámbito de nuestras vidas pero, también, con nosotros mismos.

Si no nos comprometemos con nosotros, si no nos responsabilizamos de nosotros mismos, lo normal es que terminemos echando las culpas a los demás de nuestro fracaso para evitar culpar al verdadero culpable: TU.

Las buenas historias no tienen por qué comenzar por el principio, pueden comenzar Ahora.
Se trata de superar los obstáculos del camino, con valentía y determinación, con compromiso. Se trata de tomar decisiones con miedo, claro que sí. Pero enfrentándonos a ese miedo siempre, sin dejar que nos domine.
Se trata de crecer, de crecer viviendo.
Se trata de liderar tu propia vida, sin hacer caso de lo que dicen, opinan o piensan los demás. Simplemente caminando. Simplemente siendo.

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