Coaching, Empresa, Liderazgo, Política

‘Por un liderazgo político emocional…’ por JL Moreno Coach

Nunca jamás había tenido tanta importancia el liderazgo como ahora. Tal vez porque nunca jamás las sociedades habían ansiado liderazgos fuertes que masquen una dirección firme.

Nunca antes se había exigido más de un líder, sea empresarial, institucional o político, porque nunca jamás se nos había exigido a todos los ciudadanos el más por menos.

Habitamos una sociedad que ha crecido en la competencia y la competencia es la base del liderazgo; para ser, para estar, hay que liderar: una organización, una institución, una sociedad.

Vivimos en sociedades desconfiadas donde inevitablemente se buscan referentes y líderes.

Al líder se le exigen, más allá de las cualidades de antaño, más enfocadas a la estrategia, cualidades humanas. Cualidades del Ser. Necesitamos, queremos, líderes que se consideren personas, que lo sean y demuestren con mensajes que generen credibilidad en los ciudadanos.

Los ciudadanos queremos representantes políticos e institucionales creíbles y ejemplares, que reconstruyan los vínculos emocionales perdidos. La imagen del líder como ‘persona’ importa mucho más, que el mayor o menos número de tweets en las redes sociales o el volumen de propuestas o iniciativas, a veces sin contenido.

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Confianza y credibilidad

El buen liderazgo, por tanto, el liderazgo de fuertes cimientos, se basa en la Emoción.

Y el nuevo liderazgo público ha de ser humanista y por lo tanto emocional. Quién no entienda esto y lo que ello conlleva, como persona y responsable de grupos, organizaciones o instituciones, está abocado al fracaso.

Decía Henry Miller que “el auténtico líder no tiene que liderar, simplemente está satisfecho con señalar el camino”.

Pretendo con este texto, de alguna manera, abanderar y defender un nuevo liderazgo, una nueva manera de dirigir las instituciones públicas, las organizaciones, sean políticas o no; una forma de ser y de servir.

Desde luego que muchas lecturas y muchas personas han contribuido a las ideas que aquí expongo. Sin duda todos aprendemos, en nuestro caminar, de nuestros errores; el sabio aprende siempre del éxito de los demás.

Todos hablamos de líderes, a todos nos vienen a la cabeza en cuanto pensamos en el término ‘líder’ o ‘liderazgo’ personas de uno u otro sector; todos opinamos, todos nos creemos en la capacidad de decir, incluso tenemos el privilegio de decidir, quién es o no un líder; pero no todos sabemos qué es realmente ser un líder.

¿Es necesario el liderazgo en las instituciones y en la política? Sí, apuesto que sí.

¿Qué tipo de liderazgo busca, quiere, sigue actualmente la ciudadanía? Un liderazgo emocional, un liderazgo humano.

Todos, y digo todos, tendemos a exigir determinadas características de aquellos que nos representan o a los que seguimos como tal;  no pensamos que la responsabilidad de cada uno de nosotros, personal, como miembros de una colectividad, en una comunidad, en una institución o, simplemente, como meros ciudadanos, es ser nuestro propio líder para así́ llegar a conformar una sociedad, institución, que esté capacitada para liderar.

Liderazgo es ser capaces de llevar nuestra vida en orden hacia la excelencia. Solo a partir de ahí podremos conducir a otros hacia un fin propio de cada uno de ellos o del mismo grupo al que pertenecen o pertenecemos.

El ciudadano, como ciudadanos, exigimos del líder institucional y político todo lo que, en determinados casos, generalizando, ni somos ni nos exigimos en nuestro día a día: ejemplaridad máxima.

Y de ahí nace la primera y fundamental característica del liderazgo institucional y político, de la propia persona: la ejemplaridad.

El líder ha de ser ejemplar tanto en su vida personal como en su vida institucional.

¿Qué queremos de un líder? ¿Que acumule títulos universitarios, máster o doctorados?, ¿o queremos personas que realmente lo sean? Íntegras, ejemplares, tolerantes, conciliadores, pacientes, sensatas, sencillas, humildes…

Queremos personas que sean líderes de sí mismos y lideren, desde la integridad y la ejemplaridad, a una sociedad hacia el éxito, fundamentando su desarrollo en valores que conviertan a cada uno en líderes de sí mismos.

Personas en las instituciones públicas, en la política, en la empresa, en la vida. Personas. Eso es liderazgo. Un título no es calidad de persona, ni en la persona. Un título ayuda, no hace persona.

Por lo tanto, lo primero, lo esencial, es que para liderar a los demás antes debemos ser líderes de nosotros mismos: ser Persona.

Si hay un tema por el que siempre he sentido atracción, no solo a nivel profesional, sino también, y fundamentalmente, a nivel personal, es el mundo del Liderazgo.

Uno ha ido pasando, a lo largo de su vida, por varias y variadas etapas personales y profesionales. Siempre rodeado de personas, con sus virtudes y defectos.

La vida nos da a cada uno la oportunidad de conocer a grandes tipos o indeseables personajes.

He conocido a muchos líderes, en diferentes ámbitos por los que camina mi vida, que me han aportado valor como persona. Solo espero que de esta lectura, alguien saque también un valor en su quehacer diario.

La vida nos da la oportunidad de gestionar recursos, materiales y humanos, o sea, presupuestos y equipos.

Nos hace seguidores de otras personas, por ideas o proyectos.

Nos obligamos a aprender de las personas que nos rodean en momentos o circunstancias.

Conocemos a líderes empresariales, espirituales y políticos.

¿Quién no se ha sentido líder o le han hecho sentir líder en alguna ocasión?

Creo que todos hemos degustado grandes fracasos y pequeños aciertos.

Lo esencial es no dejar nunca de caminar, sin dejar de aprender.

De todas las experiencias, de todo el camino recorrido, he llegado a la conclusión de que lo más importante, por encima de todo, son las personas.

Las personas están, siempre han estado y estarán a nuestro alrededor, de una u otra manera; la responsabilidad que ostentemos, el cargo que se escriba en una tarjeta de visita, en la puerta de una oficina o en el titular de una noticia de prensa, será transitorio, momentáneo.

Líder siempre será la Persona; nunca el cargo que se ostente en cada momento.

Y si el liderazgo comienza en la persona, esa que posteriormente se convertirá en responsable de una institución o una organización política, con  responsabilidad de gobierno u oposición, diremos que el liderazgo nace, crece, se reproduce, en el mismo ser de cada uno de nosotros hasta convertirse en lo que también cada uno podemos llegar a sentir como ‘nuestro líder’.

Y ese líder toca, acaricia las emociones y moviliza a la transformación institucional o social.

Y ese líder se identifica con nuestros deseos, con nuestras esperanzas con el único objetivo de Ser, de crecer.

Y ese líder busca, se anticipa, se enfrenta a la adversidad porque desde su esencia de Ser, engloba toda la fuerza que le aportan sus seguidores, como líderes que son también, con un objetivo común.

No creo que aporte aquí nada nuevo de lo mucho que se ha escrito sobre liderazgo; humildemente pretendo hacer una reflexión sobre el liderazgo público, institucional y político desde la emoción.

Una reflexión basada en el estudio y la experiencia. Una reflexión que puede ser ampliada, compartida o simplemente descartada.

En este caso, al nombre Liderazgo le hemos puesto dos apellidos más: ‘Institucional y Político’. Lo que verdaderamente importa aquí́ no es el apellido que le pongamos, lo que importa es el valor del nombre: liderazgo. El liderazgo es liderazgo. Solo hay un liderazgo.

Liderazgo lo es todo, por muchos apellidos que le acompañen: político, empresarial, espiritual, filosófico, comunitario… Vital.

Vivimos momentos, tal vez circunstancias históricas, en los que todos hablamos de liderazgo, de líderes. Buscamos líderes como el que busca calcetines en invierno unos grandes almacenes. Tenemos necesidad de líderes. Queremos líderes a nuestro alrededor, en nuestra vida, casi en nuestra casa.

Ser líder se ha puesto de moda incluso a nivel comercial. Cualquiera que tenga más de 100 seguidores en twitter, facebook o instagram ya cree ser un líder; por cierto que, de una manera u otra, depende para quién, lo es.

Medimos el liderazgo por el número de seguidores que golpean el símbolo de ‘me gusta’ en la pantalla del smarphone a esos 140 caracteres de tweet.

Si cualquiera de nosotros hiciéramos una búsqueda rápida en la librería de Amazon, arrojaría más de 240.000 resultados para libros que contuvieran en su título la palabra “leadership”; mientras que una consulta similar en Google arroja la cifra de 596 millones de referencias para el término en inglés, mientras que los resultados en español de la palabra “liderazgo”, arrojaron algo más de 52 millones de ligas.

Ya no queremos jefes, queremos líderes. Los líderes nos motivan, nos guían, nos estimulan, nos miman, nos acompañan… los jefes nos mandan, nos regañan, nos expulsan, nos despiden. Queremos líderes.

Hace poco, casualmente, conversaba en un foro sobre liderazgo a cuenta de un fantástico libro, ’50 líderes que hicieron historia’ ( Luis Huete y Javier García), me decían que “ya no hay líderes como los de antes”. Sorprendente afirmación.

Y ¿qué diferenciaba a los líderes de antes con los de ahora? Fundamentalmente los valores personales.

Se discute la ausencia de verdaderos liderazgos. Se discute la ausencia de verdaderos líderes en las instituciones, en la política.

Ahora parece que los líderes se fabrican en los medios de comunicación, en las tertulias televisivas o de radio, en las redes sociales: son los líderes digitales.

Hoy, de la noche a la mañana, aparece el youtouber de turno con no sé cuántos millones de seguidores, pero a la par, sin entender muy bien cómo o por qué, o sí, aparecen otros líderes que no solo nos representan, sino que nos gobiernan, como salidos de la nada  pero que están ahí por un algo que les ha convertido en líderes: hablemos de Pedro Sánchez, de Pablo Casado, de Albert Rivera o Pablo Iglesias, de Abascal en nuestro país; pero también aparecen tipos como Donald Trump (EE.UU), Nicolás Maduro (Venezuela), Jair Bolsonaro (Brasil); Enmanuel Macron (Francia), Angela Merkel (Alemania), por poner algunos ejemplos,  que son erigidos, como hablaremos, en líderes de organizaciones y de masas, tal vez, y sin entrar en valoraciones de tipo ideológico,  por las circunstancias sociales. Surgen en un momento concreto, por motivos concretos y, en la mayoría de los casos, porque hacen uso del manejo de las ‘emociones’ de las personas.

Podrán ser liderazgos transitorios o no, la historia lo dirá. De momento están y lo son.

Karl Marx afirmó que

“los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”.

Actualmente todo avanza a gran velocidad. También los medios de comunicación, las redes sociales. La noticia, la crítica, el valor, se genera en un instante.

Los medios de comunicación son capaces de crear líderes momentáneos, líderes virtuales; los medios de comunicación son capaces de destruir en un segundo a un líder.

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Vivimos en un momento en el que no todo el mundo quiere ser líder, porque no todo el mundo quiere ser responsable de algo. Educamos a nuestros hijos sin que aprendan a valorar y, por ende, sin valores. Asusta la responsabilidad, sobre todo la responsabilidad pública. Con esto vengo a decir, desde mi humilde punto de vista, que no todos los que están en política -o dirigiendo instituciones públicas- tienen por qué ser líderes y, si lo son, nada nos dice que sean los mejores. Y por otro lado, es posible que muchos de los mejores líderes no quieran estar al frente de organizaciones o instituciones públicas.

Decía Gabriel Elorriaga, en su extraordinario libro ‘La vocación política’ (Ed. ParteLuz), que “lo que da nobleza a este oficio – el político- es poner las responsabilidades cívicas por encima de los intereses personales.” Algo que no siempre es fácil y no siempre, como vemos habitualmente, se hace.

Y añade, en su argumentación, que los responsables institucionales o políticos lo son “en parte, producto de la elección de sus conciudadanos, pero también, en parte, producto de su propia decisión vocacional, de su formación y su entrega a una actividad dura, azarosa, inestable y muy distinta de los gustos por la seguridad, el ‘confort’ y la independencia a que aspira el típico y mayoritario sueño del ‘hombre feliz’. Una carga suplementaria de riesgos, preocupaciones, viajes y exhibiciones y un constante reciclaje de conocimientos, relaciones y programas, configuran la actividad incansable de los que han elegido definitivamente este ‘oficio del alma’”.

La lectura de esta reflexión, escrita hace más de cincuenta años, nos lleva a pensar sobre si realmente en la actualidad, los liderazgos realmente obedecen a un aspecto vocacional o circunstancial.

Hay muchos, seguro que todos conocemos a alguno, que se creen líderes. Eso ya es algo importante. Pero que uno se crea un líder no quiere decir que lo sea.

Para ser líder tienes que ser valorado como tal por los que representas, sea en una institución o te sigan en un proyecto u organización.

No es líder quien solo ostenta poder. No es líder quien no valora ni resultados, ni talento, ni cumplimiento de objetivos de sus equipos.

El líder comparte, nunca es autoridad.

El líder contagia emociones.

Por eso apelo a algo que he comprobado en mi propia experiencia: nos faltan líderes emocionales, personas.

Si no somos así, difícilmente llegaremos a liderar nada.

El líder con poder no es un líder. Simplemente es una persona con un  poder adquirido circunstancialmente que hará o deshará a su antojo; bien o mal, para su bien o para el mal de la colectividad.

Estar liderando una institución u organización en España conlleva de un riesgo personal, por lo tanto ha de ser vocacional. Por el hecho de estar, o liderar, automáticamente recibes etiquetas normalmente aupadas en descalificativos varios y variados. Otras veces, cuando estás, tu permanencia no depende de que recibas más o menos apoyos, seguidores, cumplimiento de objetivos o votos, depende en la mayoría de las ocasiones de que caigas bien al que nombra, o está por encima, los cargos de responsabilidad o los integrantes de las listas electorales.

Mediocridad

El mediocre tiene miedo (a perder su sueldo o cuota de poder), el poderoso se llena de ego y autocomplacencia y el ansia de poder destruye los liderazgos.

El mediocre, evidentemente con falta absoluta de cualidades de liderazgo, se suele rodear de más mediocres y se presenta rodeado con un equipo mediocre. Y los ciudadanos, pues, llegamos a admitir o votar también a representantes mediocres, que son los que los partidos presentan, y que en muchos casos encontramos dirigiendo ciudades y pueblos como alcaldes y concejales. Estos, a su vez, pueden llegar a desplegar su abanico de poder nombrando a responsables institucionales, de igual manera con el mismo perfil. Entonces nos encontramos con una sociedad que no avanza, que no lidera, que se relentiza.

Eso no es liderazgo de ninguna de las maneras. Es poder por poder.

El líder no necesita tener un cargo. No necesitamos cargos para ser líder. Les recomiendo un libro fabuloso de Robin Sharma, titulado ‘El líder que no tenía cargo’, y recrea un una fábula el valor del liderazgo natural, personal.

Líderes ahí fuera, hay muchos.

El liderazgo no es patrimonio de uno; líderes son todos los que integran la organización, institución o partido político y hacen posible que cada día se de un paso más.

La esencia de liderazgo es la vocación de servicio.

Líderes son todas esas personas que integran las administraciones con vocación de servicio público, que innovan, que anónimamente investigan, proponen, y tratan de crear con pocos medios una administración más eficaz desde los ayuntamientos, las diputaciones provinciales, la administración regional o estatal.

El líder es el que influye en la gente de una manera u otra: con servicio.

El líder es humano, humilde, íntegro y ejemplar.

El líder inspira confianza o no lo es. Está convencido de sus creencias y tiene esa capacidad de transmisión hacia el resto.

El líder es Humano

Quería introducir hacia un nuevo Liderazgo, ese liderazgo emergente que es el que los ciudadanos anhelamos: un Liderazgo Público Emocional, un Liderazgo Público Humanista.

Estamos, en España, en una campaña electoral larga que durará hasta el próximo 26 de mayo. Una campaña electoral liderada por una generación de jóvenes políticos que se enfrentan, por primera vez, a desafíos en los que deban demostrar cualidades de inclusión y que permitan articular mayorías que, más allá de liderazgos personalistas, busquen el consenso como proyecto de futuro.

No será fácil. Hemos pasado de campañas electorales basadas en el candidato, el programa y las estrategias, a campañas electorales en las que la figura del candidato es protagonista no tanto por lo que sume o reste sino por los mensajes emocionales que genere.

Existe incertidumbre, existe miedo y el relato se torna en protagonista para generar la movilización de los ciudadanos para uno u otro lado.

Generar emoción, generar ilusión hará que unos u otros nos decidamos por una opción u otra más allá de los programas electorales.

Vivimos un momento político histórico en el que estos jóvenes líderes tienen la responsabilidad de demostrar que son capaces de sumar o, en su caso, el fracaso de dividir y crispar todavía más.

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JOSÉ LUIS MORENO

Coach Personal, Ejecutivo y Político.

Coordinador y co-autor de ‘LIDERAZGO INSTITUCIONAL Y POLÍTICO’

 

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