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Gracias…

A veces despertamos, abrimos la ventana, dejamos entrar el frío del día que comienza y no sé por qué, en mi caso, siento la necesidad de agradecer simplemente esto, lo poco o nada que soy, lo poco o nada que tengo, lo vivo que estoy y lo mucho que debo a todos los que me rodean.
Agradecer, dar las gracias, es un ejercicio vital,  y esencial, que pocos practicamos habitualmente. Nos creemos con derecho a todo pero con el deber de nada. Nos educan, desde que aprendemos  a hablar, normalmente, con la regla básica de dar las gracias siempre, pero en cuanto crecemos, rápidamente parece se nos olvida. Y es cuando la vida te va dando años cuando recapacitamos y sentimos la necesidad de dar las gracias por todo: estamos vivos.
Despierto todos los días con la necesidad de dar las gracias por el mero hecho de amanecer en otro día y tener una nueva oportunidad para muchas cosas. Puede ser otro principio o puede ser cambiar de dirección. Cada día es una oportunidad por la que dar gracias.
Pero cada noche, cuando termino la jornada, me haya ido bien o mal, doy gracias también por el día y por todas aquellas personas que, de una manera u otra, forman parte de mi vida y merecen que, por uno u otro motivo, les esté siempre agradecido.
Incluso hay que dar las gracias por las desgracias porque nos enseñan a ser, a corregir, a superarnos.

Agradecer nos hace más humanos en este mundo que cada vez vamos deshumanizando más.

¿Qué nos hará ser tan desagradecidos? ¿Qué nos hará valorar tan poco lo que han hecho o hacen los demás por nosotros?
Es cierto que no se valora, ni se agradece, el trabajo y esfuerzo que realizan los demás hasta que no somos nosotros los que tenemos que desarrollarlo. Siempre deberíamos dar las gracias y no buscar el posible error en lo hecho por los demás.
Cuántas veces me acuerdo de las pocas, contadas, ocasiones, en las que de pequeño, adolescente o grande, di las gracias, por ejemplo, a mi madre. Es verdad que ahora lo hago a cada momento, pero ahora sé también, como padre, cuánto lo hubiera agradecido, como todas las mujeres o madres que se desviven por sus familias e hijos, en aquél momento.
Si nos paramos a pensar, si reflexionamos con sinceridad, tenemos mucho más que agradecer a todas esas personas que nos han acompañado, o nos acompañan, en nuestra existencia, de lo que hemos dado. Cuánto poco hemos agradecido. Y no hemos agradecido porque el egoísmo nos hace sentir que todo aquello que nos ofrecen y dan los demás, aunque sea un simple ‘buenos días’es porque tenemos derecho a ello. Y no, no tenemos derecho a nada y sí mucho que dar.
Vivimos, caminamos, existimos, trabajamos, somos… gracias a alguien. Alguien siempre hace que nuestra vida sea más fácil, por un motivo o por otro, de una manera o de otra.
Normalmente las personas que dan no buscan el agradecimiento, lo hacen porque sienten la necesidad de dar. Todos necesitamos a los demás, aunque no lo creamos. Y los demás también necesitan de nuestra generosidad que puede comenzar, ahora y siempre, por el mero hecho de la gratitud. La gratitud es desprendimiento.

Nunca es tarde para agradecer, pero siempre puede ser demasiado tarde si no lo hacemos.

No pedimos que nos agradezcan nada, simplemente pedimos que se nos valore tal como somos, con nuestras virtudes y nuestros defectos; sí es una exigencia que nosotros agradezcamos a los demás, con sus defectos y virtudes, el ser como son y que formen parte de nuestras vidas.
¿Podríamos decir que la gratitud es una virtud? Sí, rotundamente sí. Pero es una virtud que no todos poseemos pero que sí todos podemos practicar hasta que se convierta en virtud. Porque la gratitud, como he dicho, es desprendimiento, no interés, y se convierte así en la virtud de esas grandes personas que han renunciado al egoísmo de la vida que nos acompaña.
La gratitud es aprecio por aquello que los demás hacen por nosotros.

“No es la felicidad lo que nos hace agradecidos; es la gratitud lo que nos hace felices. Todos conocemos personas que tienen todo lo necesario como para ser felices, y sin embargo no lo son, simplemente porque no están agradecidas por lo que tienen. Por otro lado, todos conocemos también personas con que no son para nada afortunadas, y sin embargo irradian alegría, simplemente porque aun en medio de su miseria son agradecidas. Así, la gratitud es la clave de la felicidad” (David Steindl-Rast).

Siendo el más imperfecto de los seres, cada día siento más la necesidad de dar las gracias y por ello te insto a ti también a que lo hagas.
Recibir cada día en el despertar, tiene más valor que si nos hicieran llegar el regalo más caro que imaginemos. El simple hecho de hacerlo cada día es dar un nuevo valor a nuestras vidas.
A lo mejor no somos felices porque no somos agradecidos. Ser agradecido requiere práctica.
¿Por qué no comenzamos a practicarlo?
Gracias.

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