Las discusiones: ¿son para el verano?

Leyendo estos días  algunos textos de Fiódor M. Dostoievski y su ‘Diario de un escritor’, encuentro la siguiente reflexión:

“Y dos ves ay de quien pretenda aprender y comprender; y nadie más desdichado que quien lo confiese sinceramente; y si además declara que ha comprendido algunas cosas y desea expresar su pensamiento, todos se apresuran a volverle la espalda.”

Algo así es lo que siento muchas veces cuando, en mi forma habitual, opino sobre ciertas cuestiones que, en su mayoría y por otro lado, ni me van ni me vienen.

Opinar, para unos, puede ser tomar posición con otros.

Es espantoso cómo nos gusta retozar entre problemas. Siempre he dicho que normalmente, cuando no tenemos problemas, los buscamos. Parece que deseamos eso: ocupar nuestro tiempo en resolver desaguisados o enredarlos más. Debe ser la naturaleza humana. 

Pensaba ahora, por ejemplo, en las discusiones. No sé por qué, mientras el frío nos acompaña, mi mente me lleva a esos lugares de playa. ¿Quién no ha tenido problemas, en la playa, a la hora de tumbarse en la arena, con su toalla, a tomar el sol? ¿Cuántas veces,  un bañista playero extiende su toalla tan cerca de nosotros que nos tapa el pie, y al levantar la vista del suelo lo único que encontramos sobre nuestra cabeza es la sombrilla de otro?

En ese momento, a todos nos ha pasado, no sabemos si ponernos en pie y dar dos voces o quedarnos quietos aguantando los despropósitos de mala educación y civismo del resto.

¿Es que no tienen sitio? ¿Es que les gusta estar oliendo los pies de los demás? No, simplemente van a su aire o desean tener problemas o discusiones con el resto.

Por no dar el brazo a torcer a veces nos metemos en callejones sin salida que no van a ninguna parte. Ni todos tenemos razón, ni todos no la tenemos.

Siempre hay un punto medio, un equilibrio, una cesión por parte de cada uno. Es bueno escuchar a las partes, tratar de entender sus razonamientos sus por qué. Dejarnos llevar de una sola parte nos puede llevar al fracaso o la equivocación.

No pienso meterme en discusiones que no me corresponden porque, normalmente, cuando uno entra donde no le han llamado, suele salir perjudicado. Es lo que normalmente siento cuando ya me he metido.

La vida de cada uno es de cada uno. Si no queremos que nos juzguen, no juzguemos. 

Podemos aconsejar, decir lo que pensamos, pero no criticar las decisiones que tome uno en su vida,  cada uno es dueño de la suya y somos mayorcitos de elegir aquello que creemos mejor para nosotros. Todos tenemos un por qué a la hora de hacer o tomar decisiones.

Me puede gustar más, menos o nada, hablando de playas, el bañador que llevan puesto los que se plantan í al lado. Como no les conozco, me da exactamente lo mismo. Pero lo mismo me pasa con el que lleva mi primo o hermano, si a él le gusta y con él se siente guapo y feliz es su problema, nunca el mío. A lo mejor los que deberíamos mirarnos en el espejo somos nosotros.

El problema de las discusiones es que las dos partes quieran discutir. Si es así, la solución, normalmente, suele ser difícil.

Siempre hago el mismo planteamiento: para opinar escucha a todos. A veces las cosas no son como parecen y otras veces las hacemos parecer como a nosotros nos interesa que parezcan aunque no lo sean.

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