Lo fácil y lo difícil del Equilibrio.

Salir a dar ese paseo por el parque de El Retiro mientras la música,  entre mil olores naturales,  acompaña acompasando cada pensamiento que no deja de ser un proyecto o una reflexión que compartir.

Volvemos.

Los paseos, las caminatas en solitario, permiten divagar e ir ordenando pensamientos. 

En días así te das cuenta de lo fácil que es vivir en equilibrio y lo fácil, también, que es el no hacerlo.

Tengo la sensación de que a veces recorremos el mundo, nuestro mundo, en una búsqueda incesante y constante de problemas. Si pasamos un tiempo sin ellos parece que los deseamos, parece que queremos ponernos a prueba constantemente. Nos dejamos llevar por una inercia insensata, repleta de fantasías e imaginaciones que nos van desequilibrando y desordenando sin piedad hasta hacernos desfallecer.

Y es que es tan difícil, por ejemplo, encontrar unos minutos para estar tranquilos, serenos, pensando en nada, meditando. Unos minutos al día sería suficiente. Lo vivo en mi experiencia en días como el de hoy, y lo olvido y sufro, también en mi experiencia, en días como el de antes de ayer o, seguro, el de mañana.

Aldous Huxley nos decía que

“Solo hay un rincón en el universo que sabes que puedes mejorar, y ese eres tú”.

¿Qué hacemos para mejorar nuestras vidas? ¿Qué hacemos para mejorarnos?

Sólo pensamos en ello cuando nos vienen los males. Cuando alguien vestido de blanco te dice que o paras o te da un infarto; o te cuidas o no llegas a la meta. O en esos momentos en los que alguien cercano se marcha para siempre y lamentamos el poco tiempo que nos dedicamos a nosotros y a lo importante.


En lo que llevo de semana, y no me ocurría desde hace muchos años, he perdido de los bolsillos dos cosas importantes en días diferentes: ayer y hoy. En ambos casos volví sobre mis pasos, como un imbécil, por si encontraba lo perdido, a sabiendas de que sería algo imposible, entre otras cosas porque en el último caso ha sido dinero. Siempre piensa uno que nadie tiene por qué ir mirando al suelo y ver lo que en él se sostiene. 


Mi primera reacción, las dos veces, ha sido de un fuerte enfado, cabreo, conmigo mismo. Mi segunda reacción, por primera vez en muchísimo tiempo, fue pensar que realmente no corre peligro la vida de mi familia, ni la mía y que todo lo puedo solucionar, aunque conlleve alguna que otra molestia.


Hace algún tiempo hubiera permanecido enfadado con el mundo; a lo mejor la hubiese tomado con los que menos culpa tienen (cuando el único culpable del caso soy yo). Ahora, hoy, he decidido respirar y pensar que todo ocurre por tener la cabeza en mil tareas y que mañana será otro día ya que, gracias al Eterno, todo tiene solución.


En ocasiones es muy difícil sonreír sin ganas pero es que la mayoría de las veces, esas cosas o temas que nos enfadan o molestan, no tienen solución. Si algo no tiene solución, para qué vamos a estar dando vuelta sobre lo mismo. ¿Para enfadarnos más? 

¿Cuánta diferencia de terminar un día bien, sonriendo, a terminarlo cabreado y enfadado?

 

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