No crearse expectativas…

Hoy ha vuelto a ser uno de esos días lluviosos de verano, tormentoso, agradable; días que son propios de esa deliciosa primavera y que se agradecen tras unas jornadas de calor. 


Pensaba que todo es por algo y que todo lo que hacemos tiene tarde o temprano su significado. Pero no hay que esperarlo, si tiene que venir, vendrá.

Hay momentos en los que la vida nos obliga a parar. Unas veces nos mete un bofetón de esos de los que crees no levantar, o te abraza tanto que sientes el agobio del exceso. 

En ese instante podemos quedar paralizados de tal manera que se nos duerme el cerebro.

Unos tiran hacia delante y otros se quedan ahí. Siempre es de agradecer los empujones, las tortas que los cercanos te dan para que despiertes. 

En estos años en los que uno comenzó a pensar más en lo suyo que en los demás, y me refiero a los ajenos, al ámbito político/profesional, esa pequeña parte de la que todavía queda algo y que uno agradece a personas por encima de siglas, es cuando más he notado el valor por parte de los demás.

Es extraordinario comprobar y sentir, cómo en determinados ámbitos, normalmente los cercanos o esos que crees tuyos, el buen trabajo o gestión, importa más bien poco. Cuando convives entre aquellos en los que podría justificarse primasen más otras cuestiones, es totalmente al contrario.

Son lecciones que aprendes en la vida: algunos valoran mucho lo poco y otros desprecian lo mucho.

Hoy me encontraba en el tren con un antiguo compañero y me afirmaba algo de lo que no me ha quedado más remedio que darle la razón: “no hay que quejarse José Luis, lo que hay lo hemos hecho entre todos nosotros”. Es verdad. No vale quejarse; cada uno es culpable, en su parte, de lo que hay.

Y comentábamos, por eso termino el día con esta reflexión, lo tranquilos que ahora andamos. Cada uno con sus cosas, cada uno con sus problemas, sus proyectos, sus aventuras, sus miedos… pero tranquilos. Tranquilo porque sabes que lo mucho o poco depende de ti, no de caer mejor o peor al de al lado.

Los proyectos van y vienen. Nada sin esfuerzo y sacrificio de los unos y otros que te acompañan. La inquietud, el hormigueo, la apuesta… es vivir en un riesgo permanente.


¿Alguien dijo que la vida no fuese… arriesgar?


Las expectativas nos generan sufrimiento, ansiedad. La expectativa es deseo y cuando deseamos que algo ocurra o mejore, tiene siempre esa posibilidad de que no sea así y eso termina por generarnos frustración y pena.


A veces la ausencia de deseo es una virtud. Si ocurren las cosas, que ocurran; si no ocurren, que no ocurran.


Volvemos a ese pensamiento que vengo pregonando últimamente: si no esperamos nada del mañana, vivamos más el presente. Si el presente es hoy, no busquemos o esperemos la felicidad de mañana. Vivámosla hoy.


Sé que puede ser difícil. ¿Somos capaces de vivir sin esperar nada de la vida? ¿Somos capaces de hacer, de dar, sin esperar nada a cambio?


La vida hay que llenarla de dudas, de incertidumbres. Si no tienes dudas vas por ahí como un zombi, esperando algo cada día que no tiene por qué hacerse realidad. 


Crear expectativas absurdas te mediatiza a la hora de tomar decisiones.


Hace tiempo que dejé de tener expectativas, de desear resultados. Hace tiempo que hago, que vivo el presente, que ideo y creo lo que me apetece. Le doy forma, lo trabajo, pero no espero un resultado concreto. Me va mejor. No me llevo berrinches como alguno de los que me he llevado en la vida. 
Lo que tiene que ser será, lo que no tiene que ser nunca será.

 

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